Algún simbolismo guarda el venir al mundo en el justo centro del año. El Cucalambé debe de albergar el comienzo o el final de un ciclo de vida, o la capacidad de consagrar la utilidad del poema en cualquier tiempo. Nació el primero de julio de 1829 en Las Tunas, para conferirle a la comarca un lugar en el Atlas de la Literatura Cubana.
A su memoria se concibió la fiesta suprema del campesinado cubano. Supone el reencuentro con una existencia polémica. Es el sino de aquella tierra. El intelectual cubano Carlos Tamayo Rodríguez, el más destacado investigador sobre la saga del bardo, lo define con una frase: la tuneridad beligerante.
El prócer del Balcón del Oriente, el Mayor General Vicente García González, aparece explícitamente en los programas docentes como un personaje nefasto en la Historia de Cuba. Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, vecino relativamente cercano suyo, no deja de ser una figura denostada por la historiografía tradicional.
Ahí está el libro Un guajiro llamado El Cucalambé. Imaginario de un trovador, publicado por Ediciones Unión. Su autora, la Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2010, la Historiadora de Santiago de Cuba, Olga Portuondo Zúñiga, lo acusa de ladrón. Y lo hace a partir de documentos incriminatorios de la autoridad colonial.
¿Cuáles son los hechos conocidos? ¿Debemos tomar al pie de la letra cada juicio en su contra, de manera acrítica, sin que él, ya desaparecido (o hecho desaparecer) pueda expresarse? ¿Estamos en presencia de una auténtica objetividad al tomar como cierta cada acusación, sin al menos el beneficio de la duda?
El poeta se habría quejado en diciembre de 1858 ante el general Vargas de Machuca, el Jefe del Departamento Oriental, de su difícil estrechez económica. El drama Consecuencias de una falta aparece dedicado a la máxima autoridad hispana en Santiago de Cuba. El alto oficial español le facilitó una plaza de pagador de obras públicas y almacenero.
A cada rato discurre la broma de si se trata del primer caso documentado de un intelectual cubano que se acoge al pluriempleo. Por ese trabajo cobraba mensualmente 60 pesos, tal vez un salario modesto pero apreciable en su época. El poeta recibía en la tesorería santiaguera los honorarios de los constructores del faro de Cabo Cruz.
Ese dinero debía ir en barco desde la Capital del Caribe hasta aquellos confines de la actual provincia de Granma. ¿Cuál era la práctica? Había que afianzarlo en la Sociedad Marítima de Seguros. Era una rutina indispensable. La nave podía ser asaltada en plena mar. O hundirse, o incendiarse.
El sujeto encargado de recibir el dinero en Cabo Cruz aseguró que recibió un pliego, y que lo guardó para pagar al día siguiente. Y juraba, palabra de honor, que cuando lo abrió estaba vacío. ¿Un rapto de locura o de estupidez del poeta, al llevar a la agencia un pliego vacío? ¿Y luego un acto de irresponsabilidad absoluta, o de ingenuidad inaudita de los empleados en la agencia, para no revisarlo ni contar el dinero?
La sabiduría popular apunta en tales casos: “Ese cuento está mal contado”. Carlos Tamayo Rodríguez descubrió un sospechoso intercambio de inteligencia que durante cierto tiempo después de la desaparición de El Cucalambé, mantuvieron aquel personaje del pago del día después y el jefe inmediato superior del poeta, Ignacio Halcón.
La Historiadora de Santiago de Cuba toma como referencia, por supuesto, aquel edicto y pregón publicado en la prensa santiaguera de entonces, donde citan a Juan Cristóbal Nápoles Fajardo para juzgarlo por el presunto robo. Es el único caso conocido de un poeta desaparecido en la historia de las letras cubanas. En su opinión, se fugó con el dinero hacia los Estados Unidos.
Creo, como otros tantos, que los verdaderos culpables del atraco lo hicieron desaparecer. Es una causa sobreseída en las criptas de los años, pero clasifica seguramente como robo y asesinato, sin que jamás se esclareciera. Pero el Cantor de Rufina regresa en el espectáculo multicolor más grande jamás visto en homenaje de un creador, en el justo centro del año, inocente desde la defensa que, al amparo del tiempo, le dispensan los querubes de la poesía.













