El asesinato de Caturla

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Alejandro García Caturla. Foto tomada de Caimanbarbudo
Alejandro García Caturla. Foto tomada de Caimanbarbudo

En Alejandro García Caturla, la música, el Derecho y la vida misma aparecen como raptos geniales, sin el menor intersticio de duda ni de incongruencia. En Palma Soriano sancionó por juegos prohibidos al jefe del puesto de la Guardia Rural. Allí sufriría poco después el primer atentado del que salió milagrosamente ileso en diciembre de 1936.

Catalina Rodríguez Ariosa, su esposa, lo recordaba con todos los detalles. Estaba la familia sentada a la mesa, en la hora de la comida. Uno de los complotados tocó la puerta. Los malhechores se emboscaron en un matorral del otro lado de la calle. Cuando el juez salió, le dispararon.

Por ahí está la dirección exacta: Martí Oeste número 511, entre segunda y cuarta, reparto 10 de Octubre. Hasta hace muy poco, nadie había querido quitar las hojas de aquella puerta con los impactos de bala.

Fue una vida diamantina, incorruptible. Los poderosos se propusieron castigar al juez hereje que no quería transigir en sus principios. Tampoco él buscó jamás comulgar con ellos, ni mucho menos recibir su perdón.

Recibió amenazas, como aquella contenida en una carta donde se aseguraba que su cabeza olía a pólvora. Sus familiares y amigos jamás se cansaron de advertirle que se cuidara.

Es famosa la obra coral El Canto de los Cafetales, donde asume que la muerte lo andaba rondando. Hizo canto colectivo el terrible destino que nunca rehuyó.

Caturla encarnó una rectitud que asombra. Era puro valor contra la injusticia. Es también la audacia de quien enfrenta siglos de prejuicios. Quien cree en la prioridad de llevar el ancestro musical de origen africano a lo sinfónico, es el mismo hombre que funda familias con mujeres negras y deja semillas de futuro en 11 hijos.

A la propia Catalina le dijo cierta vez: “Si me matan, mala suerte. Mi deber está por encima de todo”. Y la muerte lo encontró en su Remedios natal el 12 de noviembre de 1940.

El asesino, José Argacha Betancourt, no pudo hallar mejor refugio al consumar el crimen: el vivac policíaco del pueblo. Entró gritando “Maté a Caturla. Lo maté”. Huía despavorido, ante la posibilidad de que la gente lo linchara en plena calle.

Dicen que era un reo a quien él iba a sancionar. La familia del asesino (la peor crápula del mundo también tiene deudos cercanos), echó a correr la bola, la infamia de que Alejandro García Caturla había conquistado a la esposa del sujeto.

Quisieron darle un carácter pasional al crimen que cercenó de un tajo a una vida transparente, a una fuente extraordinaria de arte musical contemporáneo en Cuba. Y la mentira, aunque tenga pequeñas piernas, aún resuena a tantos años de aquel doloroso episodio.

No, no fue un romance a lo Don Juan o Casanova lo que privó a Cuba de uno de los genios musicales más grandes de su historia. Al parecer, la hermana de la esposa del asesino, sí se acercó al juez de Remedios para quejarse del maltrato de que era víctima aquella pobre mujer. Alejandro García Caturla debió de tomar nota del asunto, y es casi seguro que le prometió proceder en ese caso.

Alejandro García Caturla. Foto tomada de Vanguardia
Alejandro García Caturla. Foto tomada de Vanguardia

Hasta se ha dicho que semejante delito no entraba en su competencia, pero ese era su estilo: nada de impunidad. ¿Sus enemigos manipularon al marido abusador? ¿Quién sabe? Como ahora, esa duda estuvo alrededor de las investigaciones de entonces, y se sembró en los recuerdos de la familia del artista.

Transitaba Alejandro García Caturla por las calles de Remedios aquel 12 de noviembre de 1940. Había salido de casa para comprar pan, según recuerdan los suyos.

El asesino lo encontró totalmente desprevenido: “¡Doctor!”, lo llamó. El genio musical de Cuba se volvió hacia él. Un primer disparo le partió el corazón. Luego, el maleante gatilló de nuevo en el pecho de un hombre ya muerto en el suelo.

La familia aseguró siempre que en el juicio bajaba la cabeza cada vez que le preguntaban el móvil de su acción. Guardó un silencio de espanto, como para encubrir a los posibles autores intelectuales, esos que no saben nada de justicia, ni de libertad, y que jamás tendrán sensibilidad, porque el cielo o la evolución les negaron alma y miras de entendimiento.

La música era solamente su hobby, pero Alejandro García Caturla remonta la muerte para ser conservatorio, pentagrama vivo, modelo de existencia límpida.

El canto de los cafetales

 

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