El arte y la artesanía a la luz de los saberes

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Es casi seguro que, en el amanecer de la humanidad, el arte y la artesanía, tal cual los conocemos y reconocemos hoy, constituyeron un mismo acto. Y por lo visto así transitaron juntos, sin tantas angustias por la antigüedad clásica y luego por la oscura noche medieval. Pero el Renacimiento irremediablemente bifurcó la ruta.

La luz que rompió una bruma de siglos llegó en la obsesión de las líneas perfectas, las simetrías exactas, las proporciones ejemplarmente bellas. Inscrito en la emoción, esa sería la tarea del arte. En lo adelante, la artesanía se ocuparía de la pieza utilitaria, en función de la necesidad colectiva.

En ese sentido, el arte implica la obra única, tal vez irrepetible, puro sentimiento, factura de las armónicas más sensibles del alma. La artesanía, en cambio, por muy conectada que esté con la vibración interior, por muy especial que sea, no tendrá un carácter tan exclusivo.

El paso del tiempo profundizó la brecha. En tanto, el arte apunta materiales y herramientas a gusto del creador, por lo general de carácter universal, la artesanía se concibe más bien a partir de la cultura material de cada lugar, de sus materias primas. La artesanía se parece necesariamente al recurso a la mano de la comunidad.

El escritor se enfrenta en soledad a la hoja en blanco. El pintor hace lo mismo frente al lienzo virgen. El escultor parte de un impulso muy personal, para también asumir solo la prioridad de transponer la roca, por ejemplo, en propuesta interactiva con sus hermanos. Siempre habrá discípulos, pero la empresa radica más lo individual.

La artesanía trastoca ese nivel de interrelaciones. Será depositaria de saberes permanentemente compartidos, con talleres que desdibujan límites, con aprendices que aportan, alumnos que deciden líneas infinitas. El arte remeda la biblioteca silenciosa, donde se crece a partir del pensamiento, de los saberes con un sitio en el ensayo. La artesanía es el aula bulliciosa, cuyo progreso se basa en las tradiciones, en las costumbres, en la naturaleza profunda del barrio.

¿Y qué decir de los precios en uno y en la otra? El arte es un negocio elitista, donde a veces la cantidad de dinero se decide por el nombre del autor. La galería hace mercadotecnia. La obra transita por intermediarios. La artesanía es un negocio más humilde, en el que la comercialización corre a cuenta y riesgo del propio artesano.

En el caso de Cuba, el arte aparece congregado en la UNEAC. La artesanía se inscribe en la ACAA. A menudo, se suscitan encontronazos estéticos, debates, querellas. No creo que haya sido casual ni fortuito que los fundadores en 1981 la nombraran Asociación Cubana de Artesanos Artistas. Es decir, en el entramado legal, se logró pasar un orden de igualdad que la historia no reconoce.

Lo cubano, por suerte, sobrevive, persiste, se multiplica por el milagro de unir y de reunir. No es contenido de esta tierra subestimar a nadie, ni rebajar ninguna disciplina del hacer humano. La democratización de la enseñanza y de la cultura, de hecho, tiende puentes entre el arte y la artesanía, sin la necesidad de confundir conceptos ni funciones en las nomenclaturas. Cada uno en su sitio, tiene su papel en la revolución otra de saberes. Cuba le extiende distancias de dignidad a ambos caminos que el Renacimiento separó.

 

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