El abrazo en la distancia a Buena Fe

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La agresión contra Buena Fe en España resulta una escalada. Como las ofensas y las amenazas no alcanzan a amedrentar a los artistas, los odiadores le dan una y otra vuelta de rosca a la campaña del resentimiento. Los campeones de la democracia y de la libre expresión, ensayan la violencia física, sin que nada parezca detenerlos.

Y como suele ocurrir con gente de semejante calaña, enemigos de la canción, sin ninguna relación probable con la más bella forma de lo bello, no solamente profieren calumnias y gritan improperios, sino que pasan sin angustias de la mentira al cinismo. En los sitios digitales del mercenarismo, por supuesto, se pretende calificar de legítimo el acoso, pero ahora buscan cambiar las actancias.

¿Qué estamos viviendo a la vera del acoso infame contra Buena Fe? Pues que los amigos de la solidaridad con Cuba son ahora los presuntos agresores, los que son acusados en los tribunales, los demandados en las cortes de la justicia española. El plan supone llevar a juicio como violentos a aquellos que para evitar un desenlace de golpes se han interpuesto entre Buena Fe y los vándalos.

No está bien que nos insulten la inteligencia. ¿Cómo tragarnos ese cuento de última hora de que esos sujetos que llevan a hechos el reclamo de la mafia miamense de sabotear  la gira del grupo, son pacíficos ciudadanos, y que los seguidores de Buena Fe no van a las funciones a disfrutar de la nueva canción, sino a golpear alevosamente a nobles librepensadores?

No solamente somos testigos  por estos días de la más rampante impunidad, sino que quienes gritan, difaman y hasta golpean, solamente ejercitan determinados derechos. Y que además de no ser culpables de nada, más bien son víctimas de un presunto régimen totalitario capaz de reprimir más allá de sus fronteras, sin respetar la soberanía de otros países.

Por ahí está el mensaje claro y valiente del líder de Buena Fe, Israel Rojas. “Le hemos visto la cara al fascismo”, escribió. Pero la poiesis jamás se asusta ante los cuchillos largos en la noche. Dice el cantautor cubano que la música es su fortaleza, que es la manera más violenta con la cual golpea al que le ofende. Hay, eso sí, mucho miedo en ese odio que vocifera, que le hace zancadillas a la canción. La grosería no puede arrebatarle los colores al talento. Jamás las bajas pasiones comulgan con el pensar.

Los escritores y artistas de Cuba se movilizan, le extienden el abrazo en la distancia a Buena Fe. Acá, en Cuba, vivimos el canto repartido de la Academia Mariana de Gonitch, pertenencia ya de todos, desde la canción Valientes, de Israel Rojas, y de Cuba, qué linda es Cuba, de Eduardo Saborit. Desde la alborada de la Revolución de Fidel, jamás se dejó a un compañero de ruta en territorio de nadie.

Aunque peligrara la expedición del Granma, el Comandante en Jefe esperó la salida del Che de la cárcel mexicana para partir. “Yo no te abandono”, le dijo al amigo argentino. Y el yate paró sus máquinas para recoger a su timonel, Roberto Roque Núñez, caído accidentalmente en el agua. Ni los Cinco Héroes, ni ningún combatiente quedó nunca desamparado, abandonado a su suerte.

Los confines de la Patria llegan hasta la emoción que la cultura cubana multiplica. Son los límites que define la emoción de millones, la vibración solidaria que ahora acompaña a Buena Fe en su tarea difícil pero inmensa de entonar canciones que enfrentan la indecencia y el odio.

 

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