Camilo: entre el combate y el contento

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El libro supone siempre un hogar para el heroísmo. Lawton 1932, febrero seis, expone la distancia exacta de aquel capitán tranquilo que la cancioncilla reparte en la esperanza del mundo. La historia le confirió perennidad a su memoria, pero en suerte, como bien escribió el Maestro, el texto impreso garantiza el regreso de la eternidad.

Camilo vuelve en el oficio de historiar. La escritora cubana Elvia Rodríguez Carballo teje testimonios como el buen orfebre que sabe facturar su joya. Cien fuegos de sonrisas, publicado por la Casa Editorial Verde Olivo, ajusta cada anécdota con criterio cronológico, pero creadoramente intertextual.

Y como era su costumbre, el héroe transita por la leyenda en manos del pueblo. Así fue concibiendo la imagen querible: anudando abrazos, extendiendo la mano sincera y limpia, soñando, subvirtiendo miedos, haciendo justicia al pasar, dejando a su paso la huella indeleble de lo cubano, prodigioso equilibrio entre el combate y el contento.

Para agosto de 1958, ya derrotada la ofensiva final de la tiranía contra la Sierra Maestra, pesaba mucho la memoria histórica en la concepción estratégica del alto mando rebelde. La hazaña de Gómez y Maceo jamás dejó de vibrar en los mambises de un nuevo tiempo. El propio Comandante en Jefe diría muchos años después que la operación resultó demasiado riesgosa, pero la idea de la invasión al occidente del país, parecía una necesidad inexorable.

Y Camilo sería uno de los dos cuadros seleccionados para semejante empresa. (El otro, como se sabe, fue el Che.) Por determinadas circunstancias, las columnas debieron de cumplir tareas perentorias en el centro del país, sin tener que llegar a Pinar del Río.

El libro Cien fuegos de sonrisas fija en el texto el encanto del comandante de pródiga barba, sonrisa franca, delgadez notable, y sombrero alón, para sembrarse en la cotidianidad y en los recuerdos de los lugareños de entonces y de sus descendientes en el territorio de lo que fue el Frente Norte de Las Villas.

Es mucho más que un anecdotario este compendio de anacreónticas en la voz multicolor de la gente, que la autora Elvia Rodríguez Carballo reúne en su libro. Desde un estilo sencillo, directo, con sabor a campo y olores pueblerinos, la escritora logra captar el nacimiento de ese mito, la manera transparente y sencilla en que Camilo se convierte en idiosincrasia popular.

El heroísmo se folkloriza, y adquiere maneras familiares. Cien fuegos de sonrisas, capta incluso el prejuicio anticomunista en el propio movimiento revolucionario, como igualmente la conducta sectaria de alguna gente autoproclamada marxista. Sin pretensiones teóricas, el trabajo de Elvia Rodríguez Carballo vuelve a un tema inacabado del ensayo de tema histórico-social.

Por el libro pasa, eso sí, el auténtico cubano que Camilo Cienfuegos no deja de ser, porque sus amigos de Yaguajay, de Venegas, de Mayajigua, de Jobo Rosado, no lo dejan morir. Ese milagro cristaliza en el Manolo Matojo orgulloso de su apodo, en la broma o en la ironía que aún concita a la risa, a la canción gallega que todavía convoca a las guitarras, a la lágrima de admiración que cruza el rostro a pesar del tiempo transcurrido desde su desaparición.

Para sabernos como pueblo, hay hasta un sitio en la poesía: ser cubano es una fiesta innombrable. El libro Cien fuegos de sonrisas, de Elvia Rodríguez Carballo, significa la alegría perpetua que se llama Camilo Cienfuegos, donde la despedida en el baile de Venegas no puede ser más simbólica: “Sigan divirtiéndose”.

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