Andersen: en viaje perpetuo hacia la luz

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Abrirse a sí mismo una ruta hacia los sueños, debe de haber sido la prueba más difícil de Hans Christian Andersen. Nació en Odense, Dinamarca, el 2 de abril de 1805, en un hogar humildísimo herido por la mala ventura. El padre, un joven zapatero enfermizo. La madre, lavandera y alcohólica. Triunfar en el teatro, ser cantor de ópera, lograr el reconocimiento del mundo, resultaba quizás un cuadro de locura, el detonante de la burla de su estrecho entorno.

A cada rato vuelve el tema de las trazas autobiográficas en sus páginas escritas. Él mismo parece un personaje de cuentos de hadas: el individuo de fantasía desbordada, que escapa de un brumoso entramado familiar en busca de mentores, para darle rienda suelta a un talento oculto en los intersticios del alma. Definitivamente los tendrá, pero deberá soportar a cambio pruebas y privaciones.

Andersen escribió poesía, novelas, libros de viajes donde parece concurrir la gama multicolor de Europa, pero será la narrativa dirigida al público infantil la que lo hará trascender. Entonces como ahora, son los adultos los más atraídos por esos relatos. Unos lo aplauden. Otros lo recriminan. Usualmente se interpreta como un problema. El autor lo habría visto como una conquista: implicar a la familia, que el padre y la madre sean lectores de la tierna raíz, que la fantasía de la niñez jamás se apague en la vieja emoción humana, a pesar del paso constrictor de los años.

Ese inmenso legado literario oficia como advertencia. La infancia no es definitivamente la etapa tan feliz que solemos creer y querer. Los personajes de Andersen sufren graves mutaciones. Versiones y adaptaciones ulteriores cambiarán el desenlace, pero el autor tuvo la audacia de proponer finales trágicos sin la más mínima sombra del tabú. No solamente expone un soldadito de plomo que le falta una pierna, o una niña vendedora de fósforos en la más cruda pobreza, o una sirenita que pierde la voz. Son seres que sucumben ante su destino, aunque al creador le sobrara imaginación para salvarlos y conferirles una suerte mejor.

El Patico Feo parece el autorretrato de aquel hombre físicamente no agraciado, narizón, escuálido, de pies grandes. Acostumbraba a leerlo en alta voz en cualquier congregación. Por lo que se sabe, sufrió por amores no correspondidos. En sus plegarias al Altísimo, reclamaba una novia. Ni la joven Riborg Voigt, ni la soprano Jenny Lind lo tomaron en serio. También lo intentó con hombres. Su amigo Edvard Collin lo rechazó. Logró al fin una relación con el bailarín Harald Scharff que se apagó sin remedio.

En el ocaso de su existencia, pareció hablar solamente desde su continente personal: “Me siento viejo y cuesta abajo”. Fue Consejero de Estado en Dinamarca, Ciudadano Ilustre de Odense. Se le erigen estatuas y monumentos, pero el mejor reconocimiento será la nueva vida de cada cuento que se transpone a cualquier género o disciplina de la creación humana. La fecha de su nacimiento es el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil. En un viaje inverso a su juicio postrero, su obra resulta cada vez más novedosa, cuesta arriba, en viaje perpetuo hacia la luz.

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