Por siempre, Ernest Hemingway

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Nació Ernest Hemingway el 21 de julio de 1899 en Oak Park, una comarca del área metropolitana de Chicago. El amanecer de aquella existencia se inscribe bien al norte del estado de Illinois, pero una buena parte de ella aparece ligada física y emocionalmente con Cuba. Quizá por eso, aún su muerte duele tanto en la memoria afectiva de este agradecido enclave antillano.

Para Eva Gardner, fue ese mensaje dramático de Ernest Hemingway el que parece explicarlo todo. O por lo menos la idea fija de quien quiere cargar contra sí: He pasado mucho tiempo matando animales y peces para no matarme a mí mismo. Por lo visto, fue un sentimiento que selló a cal y canto en los confines de su ser.

¿Desde cuándo le animarían esas ideas suicidas? ¿Conque se inventó una leyenda de hombre rudo y temerario para ocultar flaquezas y delirios? El consenso de los psicólogos apunta que el suicida no se quiere morir, sino que no quiere aceptar el tipo de vida que vive. ¿Cuáles eran los tormentos del autor de El Viejo y el Mar?

Bueno, tal vez habría que buscarlos en la propia infancia del escritor. La madre vestía con atuendos de niña al pequeño Ernest. Incluso le dispensaba un apodo femenino: Dutch Dolly. Esos safaris en escenarios agrestes y difíciles parecen la coraza que tantas veces se crea el ser humano para ocultar debilidades a menudo vergonzantes.

Fue el padre, de temperamento agresivo y duro, quien adiestró a Hemingway en el manejo de las armas. Ese hombre tan importante en la vida del novelista se disparó un tiro en 1928, y Ernest siempre culpó a su madre por la tragedia.

Pues sí, por lo visto el hombre le guardó un rencor perenne a aquella mujer de la que vino al mundo. Un admirador de Hemingway, el escritor cubano Leonardo Padura, alude en más de un texto la ingratitud y el falso machismo de Hemingway como defectos del Premio Nobel de Literatura.

Es muy posible que mientras pudo cazar elefantes y pescar marlines en alta mar, logró exorcizar los demonios terribles que le acechaban. Pero el tiempo es constrictor y las energías se agotan.

Y Hemingway fue perdiendo gradualmente las fuerzas para vencer fieras. Pero eso no fue lo peor: se le fugaba dolorosamente la capacidad de escribir. En honor a la verdad, otras cosas agobiaron al escritor extraordinario.

Por ahí circuló una versión atribuida a la nuera Valerie Hemingway donde se dice que la Revolución triunfante lo obligó a abandonar Cuba. Existen sin embargo referencias sobre posibles presiones del gobierno norteamericano, para que saliera de un país especialmente entrañable para él.

El argentino Rodolfo Walsh asegura que al marchar le dijo en perfecto español: Nosotros los cubanos ganaremos. Y que en inglés le aseguró: I am not a yankee, you know? ¿Son esas palabras las de un resentido contra las autoridades cubanas? La propia Valerie alude sospechas de Hemingway sobre un presunto monitoreo de sus movimientos por el FBI, y que le preocupaban sus finanzas, su seguridad, sus impuestos, y la imposibilidad de regresar a Cuba a recuperar los manuscritos guardados en la bóveda de un banco.

Durante mucho tiempo la familia aseguró que fue un accidente, pero existen informaciones de dos tentativas anteriores de suicidio. Aquel dos de julio de 1961 allá en su casa de campo en Ketchum, en Idaho, salió vestido con su túnica del emperador de la habitación y se dirigió al sitio donde guardaba sus armas. El disparo cegó la saga de una de las voces imprescindibles de la literatura universal.

Pero en estos contornos del Caribe, se le recuerda irremediablemente vivo, y aventurero, persiguiendo en su barco submarinos alemanes por las costas de su archipiélago amado, o en la finca Vigía en el barrio-promesa de La Habana, donde la tarea museológica parece detener el tiempo, a la espera del amigo que jamás se fue.

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