La salida de Fidel hacia México en 1965

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Foto tomada de granma.cu
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En su testamento político, la célebre carta inconclusa a Manuel Mercado, el Apóstol registró la prioridad de hallarle tarea al México hermano en la tarea de emancipar y de detener al gigante del Norte. Y hacia allá marchó el joven Fidel Castro Ruz el 7 de julio de 1955, tras su salida de la prisión solamente unas semanas antes.

Se trata de una conexión que pasa por el latido de millones, como un beso de mar que comparten ínsulas y tierra firme en el golfo. Muchos años antes, sería aquella tierra la escogida por Julio Antonio Mella para reunir conciencias y brazos en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado. Allí encontraría la muerte a manos de sicarios del sátrapa.

Por cierto, aquel “Mussolini tropical” acusó falsamente al líder estudiantil de colocar entonces una bomba en un teatro de La Habana. Tras la amnistía de los moncadistas, el régimen de turno culpaba a Raúl, el hermano del jefe revolucionario, de instalar explosivos en un cine. Por lo visto, las autoridades del usurpador del 10 de marzo de 1952 carecían de creatividad.

Historiadores y politólogos encuentran similitudes entre los programas de la Joven Cuba y el del Moncada. Y México era el destino de Antonio Guiteras Holmes, en su proyecto de expedición armada para proseguir la lucha. A la espera del barco que lo conduciría a la querida nación, aconteció su caída en desigual combate en El Morrillo. Y se fue a bolina entonces la Revolución de la década de 1930.

Tras su excarcelación el 15 de mayo de 1955, Fidel dirigió sus esfuerzos a estructurar la organización rectora de los combates y anudar la unidad de los hombres dispuestos a librarlos. Cerradas todas las posibilidades de lucha cívica, en un permanente esfuerzo clandestino, el jefe de la Revolución comprendió que la empresa suponía nuevamente marchar al exilio, para preparar el regreso.

La propaganda buscaba legitimar al desgobierno, con un maquillaje de pretendida democracia, pero la represión jamás se detuvo. El 9 de junio de ese año, fue alevosamente asesinado en La Habana Jorge Agostini Villasana. Aquellas hienas ni siquiera respetaron que era una gloria deportiva de Cuba. Y por aquellos días, la policía golpeó salvajemente al periodista Juan Manuel Márquez.

Ambos casos fueron denunciados por Fidel, quien visitó a Márquez en la clínica donde era atendido por las lesiones. En la conversación, el viejo combatiente devino el segundo jefe del movimiento. En ese orden de mando vendría en el yate Granma. Cayó prisionero y fue salvajemente ultimado por la soldadesca.

La embajada de México en La Habana, extendió la visa de turista 2963, válida por seis meses a Fidel. La policía secreta le siguió los pasos hasta el último minuto en el aeropuerto internacional “José Martí”. Hermanas suyas, líderes de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), abogados de la Ortodoxia, mujeres del Frente Cívico Martiano, concurrieron a despedirlo a la terminal aérea.

El jefe revolucionario aprovechó cada minuto de aquel memorable encuentro para dar indicaciones, sugerir ideas. En solamente unos días, se cumplirían dos años de la acción del 26 de julio de 1953. A sus amigos Juan Nuiry y René Anillo, que lo acompañaron hasta la puerta de salida, les pidió que la FEU no dejara pasar la fecha: “Hay que insistir en la denuncia de los crímenes cometidos en el Moncada”, les dijo.

A bordo de un avión bimotor DC-6, Fidel remontó el cielo de la Patria rumbo a Mérida aquel 7 de julio de 1955. Allá, su proyecto inscribiría otros nombres que en México simbolizarían la esperanza del Maestro de un México hermano de las causas grandes de América.

En tierra cubana quedaba articulado el Movimiento 26 de Julio, y un manifiesto donde se consigna la responsabilidad de arrancar derechos y no mendigarlos, como reclamó Martí, y el aserto hecho  esperanza de que “de viajes como este no se regresa o se regresa con la tiranía descabezada a los pies”.

 

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