Engels: Siempre por los desposeídos del mundo

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Engels falleció víctima de cáncer de esófago el cinco de agosto de 1895. Siempre se ha dicho que sufría dolores terribles, que el hombre resistió con estoicismo ejemplar. A su funeral, en una estación ferroviaria, asistieron personalidades prominentes del movimiento revolucionario mundial. La repercusión de su deceso, pero sobre todo de sus ideas, dejarían una huella enorme en los acontecimientos por venir.

Sobrevivió a Marx 12 años, un tiempo de radicalizaciones y refundaciones, en que se puso a prueba la capacidad de creación de los comunistas, la prioridad de atemperar estrategias. En el juicio contemporáneo, de amigos y de adversarios del socialismo, suele afirmarse que hay más de Engels que de Marx en la idea y en la acción de tantas figuras que cubrirían la ruta del siglo XX.

Ambos encarnaron una amistad ciertamente entrañable, que los manuales ulteriores, a veces puro ladrillo, jamás lograron significar en su justa dimensión humana. Desde el primer encuentro en noviembre de 1842, que algunos autores califican de frío y distante. Posiblemente fuera algo más que eso: alguna respuesta agria y ríspida. Engels andaba apegado a la natural tendencia de los jóvenes radicales, que podía comprometer al periódico Rheinische Zeitung, y Marx lo tomó con lógico disgusto.

Los enemigos del socialismo suelen darles una connotación especial a las características físicas de uno y del otro, como para dividirlos en algo en que ellos tal vez ni pensaron. De Engels se dice que era alto, rubio, elegante. Marx, de quien la ideología tomaría definitivamente su nombre, se describe como un hombre más bien moreno, rechoncho de ojos hundidos.

Friedrich era hijo de un importante empresario textil en Manchester, en Inglaterra, que estuvo envuelto en querellas de propiedad dentro de la propia familia. El padre siempre quiso que el talento del joven estuviera en función del negocio. Cumplió con él, es verdad, pero allí certificaría sus armas por la emancipación del trabajo.

Antes de que la obra apareciera a cuatro manos, como el clásico Manifiesto del Partido Comunista, donde resulta casi imposible definir “la costura”, hasta dónde llegó uno, qué escribió el otro, ya Engels tenía un trabajo iniciático de profundo calado. Es el caso, por ejemplo, de La Situación de la Clase Obrera en Inglaterra, donde no solamente hay una percepción ensayística a la luz del materialismo histórico, sino que expuso páginas del diarismo de los trabajadores, como la alta tasa de mortalidad por enfermedades curables.

Para esa tarea, Engels tuvo a su Diablo Cojuelo: la bella irlandesa Mary Burns, quien lo habría llevado por los suburbios de Salford y de Manchester, para que conociera de primera mano la realidad sórdida y terrible de los obreros. Y a todas luces, se amaron, pero como ambos renegaban del matrimonio como institución burguesa, optaron por el concubinato.

Más parco en el trato, Marx la reconocería como alguien “de muy buena naturaleza”. Una de las hijas de Karl, Eleanor, también dejaría por escrito el encanto de Mary Burns, “aunque quizá en los últimos años bebía demasiado”. El deceso de su compañera en enero de 1863, dejó a Engels sumido en una profunda tristeza.

Por cierto, sobre ese capítulo se ha especulado bastante. A raíz del doloroso momento, Karl Marx le escribió al amigo recabando ayuda económica. Pero nada de condolencias. Engels le respondió sugiriéndole posibles encargos laborales. Marx reaccionó; le comunicó sinceramente su pesar. Engels volvió a erigirse como el gran amigo que siempre fue. Friedrich tendría luego una relación sentimental con Lizzie, la hermana menor de la difunta.

Pero no sería únicamente en la asistencia financiera. Está el caso de la doméstica de la casa de los Marx, Helene Demuth, quien habría quedado embarazada de Karl. Aunque un autor contemporáneo bastante informado sobre esos menesteres, Terrel Carver, califica el asunto de chisme del cual no quedaron pruebas documentales, siempre quedó la exigencia de Engels de asumir la paternidad del muchacho, para evitarle dificultades matrimoniales al amigo.

Sobre el trabajo en común se sabe bastante, aunque la modestia proverbial de Engels lo haga aparecer falsamente como un “segundo violín” en la creación de la teoría de la liberación del proletariado.  Es famosa la anécdota de un encargo por recoger en la redacción de un periódico. Alguien le dijo a Marx que su ayudante, el tartamudo, ya lo había hecho. Karl le respondió que no era su ayudante, que era su compañero, y que tartamudeaba en más de 20 idiomas.

Desde 1956, los restos de Marx están en el cementerio londinense de Highgate, en una tumba donde descansan su esposa Jenny de Westfalia, su hija Eleanor, su nieto Harry Longuet, y la doméstica Helene Demuth. Engels, el poeta, El General, el buen catador de vinos que encontró el amor entre proletarias, prefirió ser cremado y que sus cenizas fueran al mar. Es una vocación repartida que siempre recala en el la conciencia agradecida de los desposeídos del mundo.

 

 

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