Y llegó Abdala

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Corrió veloz la noticia. Llegó Abdala,  ya está en San José de las Lajas. Es una vacuna cubana, más que una vacuna es el amor mismo dispuesto en el desvelo de hombres y mujeres de ciencias que no se detienen en el empeño de salvar vidas.

Tal vez para el epílogo del antepenúltimo día de julio, valdría la pena describirlo como una mezcla rara, que asomó su rostro y decidió quedarse: expectativa y alegría.

Aulas de una escuela convertidas en vacunatorio. Personal de la salud al frente de una humanísima tarea (frente a un enemigo depredador: La Covid-19). Adultos mayores, los más, a la espera de Abdala. Un hombre, octogenario, recuerda que Abdala es una obra de teatro escrita por José Martí.

La señora que está a su lado añade que el maestro está presente en todos los momentos decisivos, para inspirar, para enseñar. Y entre muchos descubro a Lina y a Magda, ambas enfermeras jubiladas, ambas con hermosas historias, de esas que a una también estremecen.

Y avanza el tiempo. El chequeo de la presión arterial, la toma de temperatura, los datos personales quedan a merced de este día, inscrito ya en la historia de vida de la ciudad capital.

Y entonces me sorprende Noemí González. Dice estar feliz, mira a su esposo y busca su complicidad para tatuar el día con la frescura de su expresión, esa que la sabe enamorada de su eterno novio,  pero también de la vida.

Abdala llegó y para bien. Es noticia y puede ser crónica, basta el buen sentido del amor inmenso, basta la mirada a este tiempo adverso para saber que el suceso ronda la maravilla, que es decir la esperanza.

Y se me hace divino el antepenúltimo día del mes de julio. Atrás quedan sinsabores, tal vez incomprensiones, quizás hasta tristezas. Decido entonces pintar la jornada con mayor suerte, esquivando esa justificación de los fracasados, para estampar el respeto y la admiración por los que no cejan instantes en hacer el bien.

 

 

 

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