Tengamos al magisterio y Cuba será nuestra

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Por la saga de la escuela pedagógica cubana, transita un buen número de razones de identidad para millones de hermanos. La palabra de José de la Luz y Caballero acontece en el tiempo con aliento casi bíblico: “Tengamos al magisterio y Cuba será nuestra”. En el proceso de enseñanza, en la inacabable tarea de construir seres humanos, él encontró una fuente de patria.

Tal vez por eso, a la vera misma de cada epopeya fundadora de la nación, al lado de cualquier capítulo de heroísmo, está la huella indeleble del maestro. Y nos correspondió en suerte una bitácora de pensamiento irrepetible, donde además de Luz están su propio tío José Agustín y el Padre Félix Varela. Todo es simbólico en la existencia del presbítero Varela: reclamó una insurgencia desde el deber de instruir, y habló de la prioridad de pensar primero. Y para seguir siendo una escuela ecuménica, reposa en el mejor templo posible: en un aula, que no es otra que el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

Y para explicarnos el calado profundo, intenso y hermoso del Evangelio cubano, habría que volver una y otra vez a Rafael María de Mendive. Martí nació –se sabe—aquel 28 de enero de 1853. Pero el Apóstol vino al mundo por el claustro de Mendive. De su mano se concibió al poeta, al patriota, y la humanidad inconmensurable de quien, remontando límites de siglos, sigue siendo sencillamente el Apóstol.

Cuba expone así nombres que le confieren un lugar preponderante en la historia de la pedagogía del mundo, y en el propio universo filosófico. Y en cada página de gesta, aparece inevitablemente la escuela como espacio de instrucción, pero sobre todo, de sensibilidad.

Julio Antonio Mella, sería reconocido como el maestro por una generación encargada en los años veinte del pasado siglo del denominado renacer de la conciencia nacional. Y junto al Partido del combate, a la perenne FEU de la congregación, está la Universidad Popular “José Martí”, donde el taller se transpuso en aula, en la responsabilidad del trabajo que se cultiva a sí mismo.

Y en esta obra social y humana que inspiró y fundó Fidel, se inscribe la Campaña de Alfabetización, tal vez el suceso cultural más importante de la historia de Cuba, el magnífico ejemplo de democratización de la enseñanza. En tal caso, la intuición del enemigo imperialista tampoco falló. La tarea tuvo sus mártires. Vivimos así otra gesta, que por la memoria del Comandante, por la responsabilidad con Cuba, estamos obligados a continuarla a pesar de tantos retrocesos en la lectura, y hasta –como dicen—de la propia inteligencia.

Este 22 de diciembre nos reencuentra en todo caso con toda la memoria afectiva por la escuela, por ese compromiso en el alma del país, con el misterio de Cuba que Lezama descubrió en Martí, que “lo hizo maestro, que es hacerlo creador”.

 

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