San José del Contrabajo

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Los Aragones constituyen un capítulo raigal en la historia de la música cubana. Joseíto Beltrán Guzmán pertenece a ese linaje iniciático que concibió a la Charanga Eterna. La infinitud musicológica le dispensa focos perennes de estudio a la formación más famosa del pentagrama nacional. Y en esas páginas aparece el acento de San José del Contrabajo: pura simpatía, talento, vocación por el crecer, por aprehender, por convertirse en maestro.

Desde el primer momento, hubo en este hombre un signo de grandeza. Inmensa, sin falta, era la tarea de sustituir al fundador del sueño, a quien había sabido fraguarlo contra viento y marea. El carpintero-ebanista Orestes Aragón Cantero le dejó en sus manos la criatura amada de cuatro cuerdas. Y le apuntó en la memoria unas cuantas lecciones en la clave de Fa, para que el timbre identitario no se apagara jamás.

Nacida en la prioridad de conquistar las pistas, la orquesta
Aragón devino igualmente escuela. El contrabajista Joseíto Beltrán Guzmán debió de ajustarse a una época en que el público esperaba la mejor y más intensa variedad genérica del archipiélago caribeño. Su pulso parecía definir cada instante del modo, cada impronta de la moda. Y en la necesaria interrelación de ritmos, en la misma ejecución del instrumento, fueron apareciendo intergéneros de encanto.

Bajo la dirección de Rafael Lay Apezteguía, en una llave compartida con Richard Egües, cada pieza supuso audición analítica. Poco a poco, como refiere el poema, despacio como el día, nació el autor. Aún recuerdo las primeras piezas conocidas de Joseíto. Hoy pertenecen al célebre catálogo de la Aragón.

No era la primera vez que la orquesta enfrentaba la rivalidad de otras de su tipo en la denominada vertiente popular. Asentarse en La Habana, en el viaje desde Cienfuegos, le granjeó alguna que otra querella. Entonces el apoyo del Benny fue decisivo. Años después, otras agrupaciones aparecieron en el espectro sonoro del país, con el ánimo hasta cierto punto inevitable de hacerle la competencia. Y ahí emergió la respuesta de Joseíto.

Hay que saber comenzar, era el título. Él mismo, sabedor del complicado entramado de abrirse camino en el quehacer musical, bien que lo sabía. No tenía la obra el aliento de la insurgencia, ni de la crítica mordaz. Era, tal vez, el más noble de los consejos. Ars longa, vita brevis, el principio de Hipócrates, revisitaba nuestros días. Siglos más tarde, la sugerencia seguía siendo la misma.

La lira antiquísima legó cantos ejemplares para el canon literario del planeta. El contrabajo de Joseíto Beltrán Guzmán, facturó música de leyenda que aún perfila al sonido latino, con centros de portento en las Antillas, en Nueva York, en Tokio. Aún duele su partida hace unos años, pero el 19 de marzo bien debiera ser la celebración de San José del Contrabajo.

Hay emociones fuertes para articular una agenda memorable en la jornada. Hasta parece que está por volver de alguna parte, a levantarnos de este tiempo difícil con su alegría. Es posible inventarnos una oración con su nombre, concebir un nuevo canto para invocar su regreso. Desde una dimensión sin muerte, llegaría la dispensa de un abrazo. Y una idea ya compartida por tantos hermanos sin fronteras: “A la hora que tú me llames no me molesto. No me voy a disgustar”.

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