Proezas y encrucijadas de Cuba

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Desde los años 60 Cuba es la principal obsesión regional de la Casa Blanca. Que Ningún presidente estadounidense prescindió del paquete de invasiones, conspiraciones y agresiones contra la isla, que elabora el staff permanente del Departamento de Estado. Trump acentuó esa andanada obstruyendo los viajes y las remesas de los familiares e incorporó 243 medidas adicionales de hostigamiento.
Biden no modificó la política de asfixia que exige el lobby de la Florida. Mantuvo la tipificación legal de Cuba como estado terrorista, retomó el retiro de acreditaciones a los funcionarios y se negó a cumplir con las cuotas de visas acordadas.
También favoreció un renovado despliegue de la artillería comunicacional, mediante una sofisticada ingeniería para difundir noticias falsas. Luego de excluir al país de la Cumbre de las Américas, intentó expulsarlo de organismos de la ONU e incrementó la inyección de dólares para los organizadores de campañas anticubanas.
El presidente norteamericano sostiene el bloqueo como una estrategia premeditada de ahogo, para tornar insoportable la vida cotidiana de la población. Ese torniquete fue reforzado en plena pandemia, afectando la provisión de remedios a un país que importa la mitad de los medicamentos básicos.
También el abastecimiento de energía continuó obstruido por la Ley Helms-Burton, que impide transacciones en Estados Unidos de las empresas que comercien con Cuba. Ese tipo de estrangulamiento triplicó el costo de los fletes marítimos y amplificó el desbalance financiero generado por el bloqueo. Esas pérdidas ya acumulan 147.000 millones de dólares en las últimas seis décadas (Rodríguez, 2021).
Ningún vocero de la Casa Blanca ha logrado justificar un asedio que contradice los ponderados principios del libre comercio. La voltereta semántica de presentarlo como un embargo no modifica la brutalidad del cerco.
El bloqueo busca provocar un desastre humanitario, para forzar la rendición de Cuba y presentar la ulterior intervención extranjera como un acto de socorro. Por eso Biden ha obstruido también las donaciones. Recientemente reestableció los vuelos y modificó los límites a las remesas, tan sólo para regular los flujos de los migrantes.
El coronavirus tuvo además un impacto demoledor sobre el turismo, que es la principal fuente de divisas y un motor esencial del nivel de actividad. Para sostener el crecimiento del PBI se necesitaba en el 2020 la llegada de 4,5 millones de visitantes y el país recibió apenas 1,3 millones de turistas. La recuperación posterior a 2,2 millones de ingresantes, no permitió restaurar los niveles requeridos para apuntalar el funcionamiento de la economía.
Esa adversidad sobrevino, además, en la dura coyuntura generada por el fracaso de la unificación monetaria. Con esa iniciativa se esperaba gestar el marco comercial y financiero necesario para impulsar una reactivación sostenida. Ahora se debate si ese ordenamiento monetario estuvo mal diseñado o fue inoportuno, pero por distintos motivos no logró su objetivo. Esa falencia agravó a su vez el nuevo mal de la inflación, la escasez de combustible y la reaparición de los apagones, cuando se ha padecido la peor zafra de los últimos tiempos.
Estas dificultades no expresan solamente los inconvenientes de cualquier vaivén cíclico de la economía. Cuba arrastra un grave problema de estancamiento, que ha impedido lograr el crecimiento esperado con la paulatina introducción de mecanismos mercantiles.
El incremento de 1% o 2% anual del PBI contrasta frontalmente con la augurada expansión del 4.5%. El derrumbe padecido durante la pandemia (8%) fue un acontecimiento excepcional que no difiere del promedio regional. Pero las obstrucciones de mediano plazo afectan a todo el circuito productivo y presentan un perfil muy singular.
El diagnóstico de esos infortunios es conocido. Cuba puede sobrevivir con el turismo, la venta de vacunas y la exportación de servicios médicos. Pero si no produce arroz, frijoles, carnes o vegetales, la asfixia tenderá a recrearse una y otra vez. Procesos básicos de fabricación de bienes son cada vez más necesarios para lidiar con el ahogo del sector externo.
También aquí las soluciones han sido debatidas, pero su aplicación tiende a posponerse una y otra vez. Las razones de esa demora provienen de las peligrosas consecuencias sociales de los cambios ya avalados. Existe una evidente vacilación en la implementación de transformaciones que podrían agravar la desigualdad social.
Las reformas no sólo implican un aumento de la incidencia el mercado. Suponen la presencia de una corriente de inversores que modificaría el status de la propiedad. Las demoras en esos cambios provienen del potencial desemboque de esas transformaciones en una restauración capitalista. Esa regresión afectaría los grandes logros de la Revolución.
Esa amenaza sobrevuela a todas las iniciativas en curso. La unificación monetaria, por ejemplo, está concebida para facilitar el ingreso de dólares y reducir la agobiante falta de divisas. Pero esa llegada de fondos ampliaría las brechas sociales, si no se logra establecer una compensación fiscal a la inequidad que genera esa afluencia. Los que reciban dólares quedarían situados en la pirámide superior, frente a los sectores desprovistos de esos recursos.

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