Hay amistades que parecen escritas en el destino, y la de México y Cuba es una de ellas. Dos pueblos hermanados por el idioma, por el mar que los une y, sobre todo, por el amor compartido a la libertad.
Ese vínculo se fue tejiendo con hilos de solidaridad desde los tiempos en que ambos países luchaban por sacudirse el yugo colonial, y ha resistido el paso de los siglos con la firmeza de los lazos verdaderos.
México ha sido, en más de una ocasión, el abrazo cálido que Cuba necesitó en los momentos de mayor adversidad. Cuando en 1962 la presión de Estados Unidos buscó aislar a la isla en la Organización de Estados Americanos, México fue el único país de la región que votó en contra de su expulsión, defendiendo con firmeza los principios de autodeterminación y no intervención.
Ese gesto valiente no fue un acto aislado, sino parte de una tradición de apoyo incondicional que se remonta al siglo XIX, cuando el gobierno de Benito Juárez reconoció el derecho de Cuba a ser libre.
Pero la amistad verdadera no se queda en los discursos ni en los votos; se demuestra con hechos. México fue el país que acogió a Fidel Castro y a los expedicionarios del Granma en los años previos al triunfo revolucionario, brindándoles un espacio para organizar la gesta que cambiaría la historia de Cuba.
Hoy, esa solidaridad se mantiene viva: mientras el bloqueo se endurece, México ha sostenido programas de cooperación que llevan esperanza a quienes más la necesitan, y miles de médicos cubanos han llevado salud a comunidades mexicanas que antes carecían de especialistas.
En este Día Internacional de la Amistad cobra especial importancia ese lazo que, como puente de luz, une a México y Cuba más allá de los vaivenes políticos. Es la amistad de dos pueblos que se han tendido la mano en las tormentas y han compartido la alegría en las calmas, una herencia que nos recuerda que, aunque el mar nos separe, el corazón nos mantiene unidos.













