Lydia y Clodomira: el recuerdo peregrina alma adentro

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Venían Lydia y Clodomira de dos mundos distintos. Una, del Oriente norte, de la tan recurrida raíz hispana, presuntamente mayoritaria. La otra, del Oriente sur, tal vez de un sincretismo más acendrado, de una síntesis más acabada y consiguientemente más literal. Cada una concurría con trazas temporales propias que las fijaban en dos generaciones separadas por los golpes del reloj.

 

Tampoco serían la geografía y la edad los únicos puntos formales para la no coincidencia: eran de personalidades diferentes. Lydia, con un poco más de instrucción, era extrovertida, de una calidad dramática innata que, por supuesto, jamás logró cultivar plenamente. Clodomira, quizá un diamante virgen, si recurrimos al sino del teatro, fue más bien de dramas interiores como la obra de Antón Chéjov, a lo mejor de una introversión que oculta dolores, la desesperanza de los desposeídos, olvidos, injusticias.

 

Lydia se incorpora a la lucha, tras hacerlo su chico del alma, la tierna raíz de la familia como apunta la poesía. La condición del Hijo del Hombre parece código eterno para la conducta de la madre. En todo caso, resultaría un principio que descansa en la sacra escritura. Clodomira lo haría a su modo: la rebeldía crepita en el silencio, las actancias cambian en cada estallido heroico, y el continente humanal se encarga de ponerse a prueba frente a su destino.

 

Ambas reunían un catauro de fidelidad impresionante. Y de un valor personal que ratificaban en cada escala del peligro al cruzar las líneas enemigas como mensajeras de la epopeya. Enfrentaban –y ellas lo sabían muy bien— a un enemigo de matonismo sin límites y de un sadismo hasta entonces desconocido en la historia de la nación. En las dos aparecía un cuadro psicológico de sangre fría, de constancia y de mucha fe.

 

 

Juntas, en misión revolucionaria en La Habana, fueron testigos de la masacre en el barrio Juanelo. Los sicarios batistianos asesinaron en su presencia a los hombres. Y creyeron quebrar la voluntad de las mujeres. Les dispensaron la oportunidad terrible de la tortura, el dolor físico inaudito de la mutilación del cuerpo, para lograr la confesión en el horrible límite de la resistencia.

 

Aquella jauría hasta ensayó el macabro turno para inferir daño, en la búsqueda de una palabra comprometedora. Nada lograron y eso debe de haberles recrudecido en bestialidad sus instintos. Por la declaración de un culpable, se sabe que las introdujeron en sacos con piedras, que las llevaron en una lancha mar afuera por el Castillo de la Chorrera, que las hundían y las sacaban del agua para que dieran alguna pista en la diabólica tarea de proseguir en su oficio del crimen.

 

De estaciones distintas en el mapa y en el tiempo, Lydia y Clodomira ratificaron que la Utopía y el hermoso sueño de la emancipación humana, son razones ecuménicas. Es posible que ni siquiera les alcanzara el tiempo ni la imaginación para intercambiar entre ellas cómo actuar en caso de caer en manos del enemigo, pero encararon la lucha y la suerte final con idéntica voluntad.

 

Sus verdugos, ciegos por la crueldad, seguramente no interpretaron aquel silencio como mensaje: habría batalla sin rendición ni concesiones hasta las últimas consecuencias. Desaparecieron sus cuerpos en el mar en aquel septiembre de 1958 como para ocultar el ejemplo, pero el recuerdo agradecido peregrina alma adentro cuando no hay ceniza ni tumba conocida.

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