Al cumplirse el centenario del natalicio de Fidel Castro Ruz, su figura emerge como uno de los ejes gravitacionales más complejos y determinantes del siglo XX y principios del XXI.
Su trayectoria, iniciada con el triunfo de la Revolución en 1959, no puede entenderse solo como un fenómeno local, sino como una fuerza tectónica que reconfiguró la geopolítica del hemisferio occidental.
Fidel no fue solo un estratega militar o un jefe de Estado, fue un líder que convirtió a una pequeña nación insular en un actor de relevancia global. Su enfoque del internacionalismo, materializado tanto en las misiones solidarias de salud y educación como en el apoyo a procesos de liberación en África y América Latina, desafió las estructuras de poder tradicionales.
Su capacidad para articular una resistencia sostenida frente a un bloqueo económico prolongado y su visión de una integración regional —que cristalizó en proyectos como el ALBA y la CELAC— dejaron una huella indeleble en la búsqueda de soberanía de los llamados países del Tercer Mundo.
Más allá de las luces y sombras que su legado proyecta sobre la historia cubana, es innegable que su voluntad política y su capacidad de movilización popular definieron una era. En este centenario, su figura invita a un análisis profundo sobre la soberanía, el sacrificio por las ideas propias y el papel de los líderes en la construcción de la identidad de un pueblo frente a las presiones de la globalización y la hegemonía internacional.












