El Diario de Campaña de José Martí: las páginas arrancadas

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El destino de las notas del 6 de mayo de 1895, sigue siendo un enigma en la historia de Cuba. Y son numerosísimas las especulaciones. Alguna vez le escuché decir a una prestigiosa investigadora que quizá fue el propio José Martí, inconforme con un posible juicio suyo, tras el análisis más detenido sobre la Reunión de La Mejorana.

En efecto, los pliegos faltantes corresponden al siguiente día del famoso encuentro de los tres principales jefes cubanos de la guerra iniciada el 24 de febrero de 1895. Y se sabe hasta la saciedad que allí aconteció un choque de dos concepciones distintas para encauzar la Revolución.

En la célebre carta de Martí a Máximo Gómez del 20 de octubre de 1884, aparece la idea de dejar que la ira repose para escribir. Entonces esperó dos días para hacerlo. Pero en el Diario de Campaña, el Apóstol establece una especie de diálogo consigo mismo, sin la prioridad de evitar alguna suspicacia o alguna frase hiriente.

No parece tampoco costumbre de Martí dejar para el día siguiente el juicio sobre algún suceso, o en relación con determinada persona. El conflicto fue esencialmente con el Titán. Las palabras del Maestro correspondientes al domingo día cinco (exactamente dos semanas antes de su caída en combate), se salvaron para la historia, y no creo que sean complacientes con nadie.

Ahí está el retrato de un Antonio Maceo que no le perdona a Martí que lo haya subordinado a Flor Crombet en la expedición desde Costa Rica. El disgusto del General es explicable: al final se demostró que la empresa era posible con menos de la mitad del dinero que él exigía; viajó bajo las órdenes de alguien de inferior jerarquía que la suya, y para colmo ese alguien era un hombre con quien estaba envuelto en un duelo a muerte.

Y las frases ríspidas de Maceo quedaron a manera de registro en el testimonio martiano. Le confesó que ya no lo quería como antes, por lo visto lo interrumpía en la conversación, y le advirtió que los eventuales delegados que él enviaría a una posible asamblea constituyente, no serían enredados por Martí. Esto último, de paso, me parece el reconocimiento de la capacidad seductora del Maestro, vista desde una clara mortificación.

Al margen de subjetividades, el gran problema de fondo era la forma de gobierno. Maceo, evidentemente, no quería que se repitiera la fórmula de Guáimaro, que permitió tantas interferencias del poder civil en el curso de la guerra. Y proponía una junta de generales. Martí pensaba en una estructura civil, que no entorpeciera las acciones militares. Mantengo, rudo: el Ejército libre, –y el país, como país y con toda su dignidad representado.

A lo largo de su vida política en los Estados Unidos, aprendió el difícil arte de despistar a los enemigos encubiertos de la Agencia Pinkerton. El conspirador revolucionario sabe que en la discreción está la mejor arma para enfrentar los tentáculos ocultos del adversario. Seguramente por eso se irritó sobremanera por tratarse el asunto a la hora de la comida, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir.

No era tampoco la primera ocasión en que se verificaba un tropiezo entre ellos. Eran tres personalidades fuertes, con las reacciones de la más natural condición humana. Ya mencionaba antes la carta donde Martí rompía con el Plan Gómez-Maceo. Pero es que el Plan de San Pedro Sula concluyó en 1886 con un terrible intercambio epistolar entre el Titán y el Generalísimo.

A menudo se dice que el día seis, Maceo les dispensó a Martí y a Gómez una tremenda parada militar con el que, presuntamente, trató de disculparse por el desaire del día anterior. Bueno, creo que fue más que una falta de cortesía. Sin asistentes, con una escasa escolta, constituyó a lo mejor el más grande desamparo en que se hallaron el Delegado y el General en Jefe. Pero es verdad que la actitud cambió al día siguiente de La Mejorana.

Incluso, Martí les escribió a Carmen Miyares y a sus hijos sobre esa revista de miles de hombres bajo las armas. ¡Qué lleno de triunfos y de esperanza Antonio Maceo! Y describe un entusiasmo que en sus palabras estalla en fragua para un estilo literario nuevo, inconmensurablemente hermoso. ¿Qué pudo haber escrito entonces sobre La Mejorana, después de esa experiencia?

A veces se ha insinuado que el alférez-ayudante Ramón Garriga Cuevas pudo ser el hombre que arrancó los pliegos del Diario de Campaña de José Martí. Era él quien lo custodiaba, hasta que el héroe se lo solicitaba para escribir. Y este oficial, que alcanzó el grado de coronel, se defendió siempre del posible juicio acusatorio de la historia. Gómez lo recibió completo de mis manos, aseguró.

Garriga Cuevas afirmó que al documento no le faltaba hoja alguna, y hasta apuntó que fueron seis pliegos los que el Apóstol escribió el día seis de marzo de 1895. No deja de ser llamativa la precisión de la cantidad de hojas. ¿Recordaría puntualmente el alférez-asistente la cantidad de páginas que Martí escribía cada día?

Pero ahí no termina todo. Garriga Cuevas dijo que conservaba en la memoria el asunto tratado por Martí en las páginas perdidas. Según él, ahí se consignaba nada más ni nada menos que el modo de distribución de los fondos para la guerra, y se daban detalles de las cantidades remitidas a cada quien. Y se denotaba el disgusto de Maceo en torno al manejo del dinero.

¿Fue el propio Martí quien arrancó las páginas del Diario, como especulaba aquella destacada ensayista? Eso, por supuesto, jamás se sabrá, aunque en tal hipótesis está el posible deseo de liberar de culpas a la figura venerable del Generalísimo Máximo Gómez. Como también es cierto que ninguna bruma podría restarle brillo ni luz al portentoso panteón heroico de la Patria.

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