El Día de la Tierra Palestina

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Día de la Tierra palestina, foto tomada de TeleSUR

A raíz de los dramáticos sucesos del 30 de marzo de 1976 (el asesinato de civiles en territorios ocupados), la fecha devino el Día de la Tierra Palestina. Sería preciso no olvidar que mucho antes en el tiempo, nuestro José Martí denominó Ismaelillo a su José Francisco. Nada, ni siquiera la más sincera interpretación de un texto bíblico, justifica que un hijo sea arrancado del hogar.

Despojar a los palestinos de su casa histórica, constituye el peor crimen contra los ismaelitas en cualquier tiempo. ¿En qué concuerdan los libros? Bueno, en que el patriarca Abraham tuvo dos hijos: Ismael con la egipcia Agar, e Isaac con la hebrea Sara.

Los musulmanes dicen que Agar era la verdadera esposa. Los hebreos sostienen exactamente lo contrario: que Sara era la auténtica, en tanto que la egipcia fue la esclava.

Aquí sería hasta interesante establecer dos probabilidades de actancias, porque en tanto unos piensan que Abraham ofreció en sacrificio a Ismael en el Monte Arafat, otros creen que fue a Isaac en el Monte Moriá.

Lo que parecería ciertamente injusto en lo absoluto, es que el patriarca Abraham gestionara el asesinato de uno de sus hijos a manos del otro, que un hermano matara al otro, como ha venido ocurriendo hasta hoy ante la deplorable indiferencia de una significativa parte del mundo.

Para resolver el problema palestino, la señora Golda Meir (ya fallecida), primera ministra de Israel, recomendaba una evolución de los árabes que, según sus palabras, incluyera la democracia.

La Premier sionista proponía a sus vecinos y a sus víctimas, un salto cultural de inclusión y de respeto a la diversidad. Pero el despojo contra los palestinos en el que ella misma tomó parte, se caracterizó por lo inverso.

¿Quién consultó a los palestinos en torno a la cesión de sus tierras a los hebreos dispersos por el mundo?

El Holocausto fue un gran crimen de los nazis, pero en la pretendida idea de repararlo se cometió otro quizá mayor.

Los campeones de la democracia ofrecieron un hogar que ya tenía inquilinos también milenarios, sin tomarse la molestia de preguntarles siquiera.

Palestina, no obstante, sigue existiendo en la lengua árabe de sus hijos, pródiga en geolectos muy específicos, en sus tonos arraigados a pesar de la diáspora. En ella se escriben auténticos himnos de combate, donde el fedayín arriesga la vida por los olores y la intensidad del sol de la aldea donde nació.

El ya desaparecido líder palestino Yasser Arafat, alguna que otra vez aludía las peligrosas incursiones guerrilleras tras las líneas enemigas, para que los jóvenes combatientes no perdieran los olores, ni el encanto de la tierra arrebatada.

Más de uno cayó en desigual combate, en esa obsesión de conservar viva su razón de ser en la memoria y en los ríos interiores de su continente humanal.

La cultura de un pueblo herido se canta al compás del laúd, y se pinta en colores de rebeldía en el muro de la vergüenza, con el cual el sionismo le divide confines y le arranca el corazón. La patria negada se halla por las aguas subterráneas, raíz del olivo identitario, y que sus opresores le roban.

El dolor de Ismael (que en hebreo significa “Dios oirá”) no parece tener fin. Martí describió en El Presidio Político en Cuba que Dios existe, sin embargo, en la idea del bien.

El Día de la Tierra Palestina transita en la esperanza de que algún día, el bien escuche y obre. Mientras tanto, un pueblo reclama sus derechos a punta de piedras, sin miedo a la metralla, ni a la posibilidad perenne de morir.       

 

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