El Día de la Resistencia de los Pueblos Indígenas

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Cada país denomina al 12 de octubre en virtud de su percepción de la llegada de los nautas hispanos a esta parte del mundo ese día del año 1492. Al margen del inevitable tamiz político, el asunto pasa por el entramado sociocultural histórico. Y la polémica sobre el tema parece multiplicarse con el paso del tiempo, muy lejos de apagarse.

Una matriz de opinión del pensamiento ultraconservador parece imponerse: los conquistadores españoles serían en realidad libertadores de pueblos, ante la barbarie mexica de sacrificios humanos, de canibalismo, de la atroz ejecución de prisioneros para levantar un muro con sus calaveras.

Y nos presentan el cuadro de un Hernán Cortés casi samaritano, sin ambiciones por el oro, que cruza el océano Atlántico para ponerse al servicio de los tlaxcaltecas y de otros pueblos sometidos al sátrapa Moctezuma. En tanto unos insisten en el fin de la historia, otros, por lo visto, no se cansan de reinventarla y de tergiversarla.

Nadie en su sano juicio negaría hoy que entre aquellos pueblos originarios hubiera enemistad y violencia. Pero los conquistadores de la evangelización y de la cruz procedían de un escenario no menos atroz, donde se ejecutaba públicamente a los condenados y se quemaba vivo a un reo por razones religiosas.

Claro que entonces hubo un gran crimen. En Cuba, donde las fuentes cuentan de pacíficos pobladores, se cometieron matanzas injustificables, abusos y castigos sin nombre. Y la primera página de resistencia conocida, la del cacique quisqueyano Hatuey, se zanjó con el cruel suplicio en la hoguera.

Jamás se sabrá la cifra exacta, pero el denominado “descubrimiento de América” costó millones de vidas, aunque el peor crimen del colonialismo, como de los poderes hegemónicos de hoy, será siempre la desmemoria, la alevosa pretensión de que olvidemos.

Crecimos con la conmovedora página de Martí sobre la muerte de Tenochtitlán, la portentosa ciudad de los aztecas. Y entre los héroes queribles estará siempre el joven Cuauhtémoc, quien pidió valerosamente a sus captores que le ejecutaran, sometido luego a un salvaje tormento de quemaduras de manos y pies, y condenado a morir en la horca.

Tras la cruenta Guerra Civil Española, y sobre la cruel realidad de asesinatos múltiples, el general Francisco Franco estableció para este 12 de octubre la Fiesta de la Hispanidad. Con otros nombres más o menos nobles, se califica la fecha en varios países.

El líder bolivariano Hugo Chávez Frías prefirió definirlo Día de la Resistencia de los Pueblos Indígenas, en justo tributo al legado originario de las Américas, recordado de esa forma en la Comunidad Foral de Navarra en la propia España, con un homenaje a etnias constitutivas de esa cultura.

Por lo pronto, la recalada del 12 de octubre de 1492 todavía conserva aristas controversiales. En primer lugar, en torno al punto exacto del desembarco. En el Diario de Navegación de Cristóbal Colon se consigna la Isla de Guanahaní, y que el Almirante nombró San Salvador. Por consenso, se considera que es la actual Isla Watling del archipiélago de Las Bahamas, aunque la Sociedad Geográfica Nacional sostiene que es realmente Cayo Samaná.

Otra curiosidad de aquella jornada radica en el célebre grito de “¡Tierra! ¡Tierra!”, de Rodrigo Bermejo, según se dice, marinero oriundo del barrio de Triana en Sevilla. Para el que primero avistara tierra, había una recompensa de diez mil maravedíes, pero el propio Colón aseguró que horas antes él vio fuego, lumbre en la costa, y fue él y no Rodrigo quien se quedó con el dinero.

Resulta muy tangible la huella de España como para negarla, y una hermosa lengua romance es compartida por centenares de millones de seres humanos en el planeta. No deja de ser una suerte leer de primera mano a Cervantes, a Quevedo, a Machado, a Lorca, como igualmente hacerse con el legado de Martí, de García Márquez, de Roa Bastos, de Carpentier, de Lezama.

Pero Hispanoamérica trasciende en una gama de variantes lingüísticas y culturales determinadas por los pueblos que sufrieron aquel golpe terrible de entonces, vencidos y hasta casi exterminados, cuya resistencia supone un contenido para esta familia grande de hombres y mujeres en este lado del mundo.

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