El 26, el Oriente, la guerra asimétrica de Fidel

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El plan de asalto al Cuartel Moncada, ya se ha dicho, era exacto. Orfebres de la creación heroica, como decía Mariátegui, tejieron cada una de sus partes. Fue concebido por los muchachos del comité militar de la avanzada de la Generación del Centenario, de quienes Fidel habló con tanto sentimiento frente a la justicia envilecida que lo juzgaba en Santiago de Cuba.

Ciertamente se le había dejado escaso margen al azar. Como se sabe, por cuestión de segundos, esa circunstancia concurrió en el minuto decisivo. La sorpresa resultaba un factor indispensable. No se pretendía un choque con los soldados. Pero la sorpresa no solo se perdió, sino que se entabló combate y, para colmo de la adversidad, fuera de los límites de la fortaleza.

El pensamiento estratégico de Fidel se basaba en la situación revolucionaria, y no en un golpe contra el centro neurálgico del poder de la tiranía. Siempre se creyó que, para desalojar a Batista, sería necesaria una acción en la capital, y muy puntualmente en Columbia. El madrugonazo del sátrapa aconteció allí mismo. El aparato militar del régimen no dejaba de “enseñar el músculo” desde el campamento más grande y de mayor capacidad de fuego, para sembrar el desaliento y la impotencia en la ciudadanía.

El líder de la Generación del Centenario atendía en cambio a las tradiciones de lucha. Aunque el Cuartel Moncada no dejaba de ser una plaza importante, por razones económicas, políticas y hasta culturales, el Oriente cubano jamás dejó de ser un escenario potencialmente rebelde.

¿Qué dice la lección histórica? Contra viento y marea, allí se mantuvo consciente, viva, inspirada, la rebelión independentista durante 10 años de cruenta lucha. Y ocurrió lo mismo en la Guerra Chiquita y en la de 1895. Por aquellas serranías del este jamás se apagó la llama. Geófagos sin alma hallaron siempre resistencia en hombres dispuestos a transponer la tarea del machete ante una afrenta. No pocas veces, la noble sangre campesina regó las lomas de aquel segmento de la patria, en la difícil empresa de defender un realengo y el sustento de la familia.

Con el oído apegado a la historia, Fidel estaba al tanto de esa llama que nunca se apagó. Hasta una vez habló de cambiar el destino del país con una columna campesina que remedara la ruta al occidente de los libertadores. Es como si la emancipación cubriera un itinerario por la saga que describe el Sol. Gómez y Maceo la coronaron de gloria, para asombro del mundo. El son cubano, componente raigal de lo que somos, también hizo ese viaje.

Esa era la idea: inflamar el patriotismo del Oriente y tomar el rumbo del heroísmo, del sonido identitario, de la luz. No fue posible hacerlo el 26 de julio de 1953. Tampoco se consiguió llevar la lucha a las montañas en ese momento, la alternativa de la guerra asimétrica de los mambises, de la cual el líder de la Generación del Centenario sería un estratega formidable.

En el libro Weyler: nuestro hombre en La Habana, los autores españoles Gabriel Cardona y Juan Carlos Losada, recordaban que el Marqués de Tenerife “ignoraba que la finalidad de la guerra de guerrillas no es militar sino política, de modo que se puede vencer militarmente y resultar derrotado”. En la propia obra se afirma que “Máximo Gómez no buscaba vencer militarmente, sino fatigar a los españoles y destruir su voluntad de resistencia”. Y añadieron: “Cien años después, no muchos parecen saberlo”.

Fidel avanzó mucho más de lo esperado por estrategas y académicos. No solamente fatigó al enemigo. Remontó la superioridad descomunal de la maquinaria de guerra batistiana, entrenada, abastecida y financiada por la potencia militar más poderosa de la historia. Atacó, venció, construyó. Parecía saberlo desde el principio.

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