Cervantes, la política lingüística, la tarea de enfrentar gigantes

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En el registro de la Parroquia de San Sebastián en Madrid, se documenta que Miguel de Cervantes y Saavedra falleció el 23 de abril de 1616 en esa ciudad capital. El acta guarda en sí misma un simbolismo tremendo. Supone una muestra ejemplar de la propia evolución de la lengua española. La historiografía haría luego anotaciones al margen.

La más importante: el famoso escritor hispano habría muerto realmente el día anterior. La marca temporal correspondería al entierro. De acuerdo con las sagas antiguas, el 23 de abril de 1616 partió definitivamente el inca Garcilaso de la Vega. Y William Shakespeare también, pero se sabe que aunque sea la misma fecha, no es el mismo día. En Gran Bretaña aún regía el calendario juliano. El autor de Macbeth y de Hamlet, dejó de existir realmente casi dos semanas después.

Posteriormente, durante más de 400 años, numerosas figuras de la literatura mundial nacieron o murieron un 23 de abril. Son las razones para celebrar el Día Internacional del Libro. Una buena parte del planeta recuerda el Día Internacional del Idioma Español. Y vuelve a reiterarse la necesidad de articular en Cuba una efectiva política lingüística, ante la guerra simbólica que enfrenta la cultura nacional.

Los anglicismos serán, por lo visto, un tema constante en la agenda. Parecen históricamente justificados cuando no existen palabras de igual significado en español. Tal vez el más globalizado y actual es marketing. Es lo más cotidiano en cualquier comunidad hispanohablante, aunque mercadotecnia puede asumir su contenido semántico.

Ahí está el caso del desafortunado teatro Amadeo Roldán en La Habana, con una de sus salas con el nombre de Alejandro García Caturla. Son dos autores con una saga cubanísima. Sin embargo, los lumínicos interiores que señalaban las salidas estaban exclusivamente en inglés.

Vivimos una época de febril apertura de establecimientos privados. Resulta ya casi una tendencia que se anuncien con voces extranjeras. Por cansancio o por costumbre, quién sabe, se aceptan acríticamente el welcome, el open, el danger. No son préstamos lingúísticos. Constituyen una prueba inequívoca de la perenne colonización cultural del poder hegemónico global.

Ocurre más o menos lo mismo con los nombres. Se prefiere el Maykel o Maykol, que el Miguel. Pudiera concebirse una lista distendida: Jeremy, Anthony, Antoine, Melany, Emily, Jean Pierre. En el relato contemporáneo, están cada vez más ausentes Jeremías, Antonio, Melania, Emilia, Juan Pedro. La síntesis histórica de pigmentos y de ideas creó un catauro raigalmente cubano, tal vez en peligro de extinción.

Hasta hace un tiempo, se le confería un papel casi decisivo a los medios de difusión tradicionales para establecer esa política lingüística en Cuba. El panorama de las redes digitales, si bien abre nuevas plataformas de interacción, complica el problema en magnitudes exponenciales.

Cada 23 de abril, la comunidad académica lingüística peregrina hasta el Parque Miguel de Cervantes y Saavedra de La Habana, para consagrar la memoria del más famoso novelista en idioma español en el proyecto nuevo, en la vocación de no rendirse ante las eventualidades. La idea pasa por la actitud de su criatura más conocida, que jamás se cansó de enfrentar gigantes.

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