Aquel cruento agosto de 1933

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El Heraldo de Cuba, el eco impenitente del sátrapa, se había encargado de repartir sus palabras a los cuatro vientos: se retiraría de la Presidencia, pero antes haría temblar a Cuba. Era grande y furibunda la rabia del General-Presidente. Poco antes, en su pose de matón de barrio, juraba no dejar la alta investidura del país hasta que expirara su mandato el 20 de mayo de 1935. Y dijo: “¡Ni un minuto más ni un minuto menos!”

Tres meses antes del cruento desenlace de su caída, había aterrizado en La Habana el señor Benjamin Sumner Welles, con la encomienda del Buen Vecino, el carismático presidente Franklin Delano Roosevelt, de arreglar las cosas entre el Hombre de Manajanabo y la oposición.

Parece que la primera intención de Estados Unidos fue salvar la gobernanza del tirano, bajarles los humos a sus adversarios de la élite, detener un poco la represión y evitar una rebelión popular. Por lo visto, en primera instancia, se pretendía “un Machado sin machadismo”.

Fue siempre pronorteamericano el sujeto, al margen de algún que otro destello presuntamente nacionalista en torno a los aranceles del azúcar en el comercio desigual del imperio con su protectorado a 90 millas de sus costas. Allá fue tras su elección, a prometer el orden a la americana en el archipiélago, como defensor de los intereses del poderoso. Entonces sostuvo que, bajo su mandato, una huelga no prosperaría más de 24 horas.

Perdura la vergonzosa página de postración ante el amo. El 7 de agosto de 1927, falleció víctima de un tumor cerebral el general Leonard Wood, el jefe del primer gobierno interventor, el mismo que ufano y cínico, admitía que la Enmienda Platt no le dejaba ninguna independencia a Cuba.

Alguien le hizo creer al tirano que aquel cáncer eventual, lo contrajo a raíz de una lesión sufrida durante su mandato en nuestro país. Ni corto ni perezoso, Machado le asignó una pensión a la viuda del otrora cónsul imperial en La Habana. Sería otro tema recordar a los miles de veteranos que se batieron por una Cuba libre, lanzados al abandono ante la insensibilidad del macabro personaje.

Sobre la famosa Mediación de 1933, hay mucha tela por donde cortar todavía. Ni siquiera está claro si Machado y Welles se cayeron bien desde el primer encuentro. El déspota no dejaba de ensayar la imagen del tipo duro, capaz de hacer y deshacer a su antojo, cuatrero por hábito más que por necesidad. Según algunos, Welles era demasiado refinado para su gusto, atento al mercado de obras de arte, lejos del trato rudo. Ha sido mucha la conjetura en torno a la posible reacción del ex mandatario antillano de haber vivido un poco más, y conocer del escándalo del Pullman 1940 que le costó el cargo de Subsecretario de Estado al mediador.

Pero volvamos a aquel agosto de 1933. Una huelga de guagüeros de La Habana, devino la clásica bola de nieve imposible de detener, que remontó la tarea del diplomático yanqui. A él precisamente se le atribuye la idea de que la gente saliera a la calle para demostrarle a aquel Asno con Garras, terco y sin conciencia de la realidad, que ya era uno de los seres más impopulares y repulsivos de la historia universal.

Una emisora clandestina, tal vez del ABC Radical, propaló la falsa noticia de su renuncia. Efectivamente, el pueblo salió a festejarla, pero fue brutalmente ametrallado en las calles de La Habana. El conocido danzón Masacre, de Silvio Contreras, alude ese episodio sangriento. Ese 7 de agosto se dirigió por radio al país. Dio por terminada la Mediación y sostuvo que, si al amparo de la Enmienda Platt, Estados Unidos intervenía, él se pondría al frente del Ejército Nacional para enfrentar la invasión. A esas alturas, realmente estaría pensando ya en la fuga, pero ni muerto abandonaba sus ínfulas de guapo. Tras semejante mensaje, el alto mando castrense se asustó ante una eventual guerra y se le sublevó.

A las 3:00 de la tarde del 12 de agosto de ese 1933, el tirano escapó en un avión anfibio Sikorsky, rumbo a Nassau, Bahamas, una escala en su pretendido exilio en Estados Unidos, aunque la Alemania hitleriana y la Italia fascista entraban entre sus destinos dilectos.

Desde el aire vio arder las casas de sus correligionarios, a quienes dejaba atrás sin mucho pesar por la suerte que les tocaba ya vivir. El pueblo se tomaba la venganza por sus propias manos. Poco antes de la desbandada, había expresado: “Después de mí, el caos”. Aquella revolución, como recordaba Raúl Roa, se fue luego a bolina, pero resultó una experiencia. La inspiración de Alfredo López, de Julio Antonio Mella, de Rafael Trejo, de tantos caídos, radicaría años después en la epopeya de Fidel, donde en sacra trinidad llegarían la justicia, la emancipación y la independencia.

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