Cada 28 de octubre, Cuba no conmemora una ausencia: confirma una presencia. Ese día de 1959, el avión en el que Camilo Cienfuegos regresaba a La Habana cayó al mar y su cuerpo nunca fue encontrado.
La desaparición física del “Señor de la Vanguardia” dejó una huella que el pueblo cubano convirtió en tradición: lanzar flores al agua para decirle que sigue vivo en la memoria de su pueblo.
Recordarlo es evocar al hombre que, siendo un sastre humilde de Lawton, se ganó un lugar en la historia por su audacia y su lealtad inquebrantable a Fidel.
Camilo fue el estratega que, al frente de la Columna No. 2, protagonizó junto al Che Guevara la invasión de Oriente a Occidente, y el héroe que tras nueve días de combate rindió el cuartel de Yaguajay.
Pero más allá de los méritos, su verdadero legado fue su capacidad para conjugar la disciplina militar con una humanidad desbordante, era el comandante que bromeaba con el Che y que, en medio de la guerra, compartía su única lata de leche con un compañero.
A 67 años de su partida física, Camilo representa la entrega desinteresada al pueblo, un pueblo que le devuelve el gesto cada 28 de octubre con una flor y la promesa de ser fieles a su legado.












