Ahora, cuando el calendario subraya un lapso notable tras su partida, Carlos Manuel Trelles Govín deviene recuento, recapitulación de la capacidad constructora de los libros. Se desgranan las horas de un proceso civilizatorio informático, pero la figura del bibliófilo se torna trascendente, sujeto aún indispensable en esa entraña de mar que apuntó el Apóstol de Cuba.
Si Antonio Bachiller Morales fue el padre de la Bibliografía Cubana, Trelles resulta el genio. Esa obra monumental de ocho tomos constituye un portento de la urdimbre documental escrita, ajustada a la savia de la nación, sentir profundo de la identidad de millones que se expone en la variante cubanísima de la lengua española.
En el devenir de la Patria, prevaleció como lo más puro, justo, límpido y valeroso el juicio del independentismo. En su Matanzas natal, el joven Trelles reunió inspiraciones, desató el ímpetu de la edad de la transformación del mundo, conspiró contra el poder y desafió al entramado colonial.
El exilio consagró coherencia. En el escenario norteamericano, cercano pero hostil, volvió a la tarea tan humana de congregar, tan patriótica de luchar por al menos un palmo de tierra para plantar la bandera, esa obsesión perenne de los padres fundadores. Y volvió a crear clubes, y se consagró como periodista, intelectual de calado profundo, hombre indispensable en el Partido Revolucionario Cubano de José Martí.
Aquel reclamo de conquistar toda la justicia, quedó un poco huérfano tras el cataclismo de Dos Ríos. Trelles vivió la herida de la ocupación yanqui y la Enmienda Platt. Y el peso doloroso de la segunda intervención. Habría que reconocerle al hombre del amor fervoroso a los libros, al artífice encantador de la Bibliografía Cubana, su condición de obrero de la conciencia nacional.
El intelectual de renombre descubrió que, en los estandartes de la epopeya, radicaba el mejor instrumental para encarar la frustración y la desesperanza. Era indispensable recuperar la convicción de que podíamos, y sobre todas las cosas del mundo, debíamos andar por nosotros mismos, libres del tutelaje de los usurpadores, recobrar cada segmento hipotecado de la soberanía, vindicar cada idea que alguna vez colocó a Cuba en la vanguardia del pensamiento filosófico del mundo, en la creación de un corpus holístico sobre el universo, y en la constitución de un magisterio donde florece el mester y el heroísmo.
Seguramente que Carlos Manuel Trelles Govín aparece en esa hermosa nómina que logró a fuerza de búsqueda y de estudio, un renacer de aquella emoción gloriosa que inspiró 30 años de gesta, que cristalizó en una revolución ensayo, la cual al final no se fue nunca a bolina.
El devoto ardoroso de los libros devino infinitud en junio de 1951. El instrumental de la virtud histórica ratificó un principio de decisión y de resiliencia, para encarar cualquier prueba en la cercanía peligrosa del gigante del norte.






