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La abuelidad es una palabra suave, hermosa y gratificante que encierra mucho amor. Cuando llegamos a esta etapa de la vida nos sorprende la convicción de habernos multiplicado.

Es un placer para quien la asume. En cada descubrimiento aflora un intercambio distinto, pero mejor.

Como ley natural de la vida, la vejez nos llega con los cambios del cuerpo. Aparecen grietas que paulatinamente se hacen más profundas y la piel se llena de manchas; el cabello se transforma y exige del teñido sistemático y la energía de nuestros brazos y piernas se debilita; las horas de labor se acortan por el cansancio.

Sin embargo, nada de esto tiene importancia si somos abuelos. Al contrario, bendecimos la edad porque nos regalan esas personitas mágicas que nos traen juventud y felicidad.

Con los nietos, la educación es menos severa que con nuestros hijos. Con ellos somos más tolerantes y más abiertos a la modernidad. En ese interactuar de abuelos y nietos, va surgiendo un derrotero de grandes expectativas, una conversación sobre sexo, un cambio de actitud ante la vida, un consejo recíproco sobre cómo vivir más y mejor.

Abuelidad es esa palabra que nos parece nueva, pero que es genial para quienes al contrario de viejos, somos más jóvenes de corazón.

 

 

 

 


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