Lorca: Caminando entre fusiles

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Hace ya unos años, el director español Emilio Ruiz Barrachina viajó a Cuba para presentar personalmente su documental El mar deja de moverse. El título alude un verso de Federico García Lorca sobre la muerte. La propuesta audiovisual constituye un registro de hondo calado investigativo, en relación con un crimen que jamás dejará de conmover a pesar del tiempo transcurrido.

Y por ahí transita el tristemente célebre general franquista Gonzalo Queipo de Llano, el mismo de aquellas encendidas arengas de odio desde la Sevilla ocupada, como la que dirigió contra los defensores de Belchite. Y el militar que años después se dolerá por la condena de olvido que le prodigó el Caudillo, fue quien extendió la orden terminante de asesinar al formidable escritor y artista granadino: “Dadle café, mucho café”.

El paso de los años no podrá disipar el tormento infligido por la jauría fascista encargada de ultimarlo. Indefenso y humillado, Federico debió de escuchar entre insultos y amenazas, el prontuario que sus captores le fabricaron: ser agente soviético, fungir como secretario del diputado socialista y Ministro de Justicia Fernando de los Ríos, y ser un aberrado homosexual.

El académico cubano Virgilio López Lemus recordaba las palabras de Rafael Alberti. Aquella turba sedienta de sangre se habría equivocado de víctima, porque sería precisamente a él, y no a Lorca a quien estarían buscando. Nada en la obra de Federico, ni tampoco en sus palabras, destaca un ardoroso republicanismo.

En el legado lorquiano late sin falta el sueño de justicia, la preocupación por los más humildes, el amor como fragua humana indispensable, pero hasta para autodefinirse ideológicamente, el magnífico poeta, narrador y dramaturgo, no abandonó su acendrada costumbre de jugar. El propio López Lemus lo califica de “travesura creativa”. El fascismo, se sabe, no entiende de ese aliento infantil que permanece en ciertas almas, por mucho que se sienta el rigor del calendario.

Asesinar será siempre repugnante. Pero esa vez expuso los instintos más bajos. Por eso es un crimen que no dejará de pesar sobre la conciencia de un país entero. Quizá por esa razón, los acólitos del general Francisco Franco no dejan de justificarse ante el juicio de la historia. Y así nos encontramos a menudo con listas de intelectuales de derecha ejecutados por los republicanos.

El Comandante en Jefe Fidel Castro decía que en la Guerra Civil Española hubo mano dura de parte y parte. Desde el punto de vista humano, la muerte significa idéntico dolor. Nada justifica el exceso, venga de donde venga, pero en el orden del mester en lengua hispana durante el siglo XX, poco puede equipararse con la obra de Federico García Lorca, mucho, pero mucho menos en una bitácora fascista de los seguidores del Caudillo.

Y la muerte, paradójicamente, contribuyó al milagro. El legado lorquiano tiene demasiados contenidos para trascender, pero las dramáticas circunstancias del asesinato favorecieron a mantener útil, efectiva, actual, la sinergia tremenda de tantas disciplinas y formas de expresar la creación artística

Conmueve esa poesía que parece brotar de la tierra, con tantos signos de amor y de muerte. El Primer Romancero Gitano validó para siempre claves populares, a menudo víctimas del prejuicio y de la exclusión. El “Poema del Cante Jondo”, por ejemplo, constituye una pieza a imagen y semejanza de Federico García Lorca, de plena intensidad, profunda, trágica, emocionada.

El granadino supuso una especie de reencarnación del Rey Midas en el verso y en el drama. Su paso por Cuba tejió anécdotas inolvidables, y nos dejó el hermoso poema “Son de Negros en Cuba”, convertido luego en joya coral: el “Iré a Santiago”, del maestro Roberto Valera. El teatro de Lorca constituye otra historia, igualmente escrita en páginas brillantes. La crítica alude a los célebres dramas irrepresentables, El Público y Así que pasen cinco años, de honda influencia freudiana, donde aparecen el hecho teatral, la revolución y la homosexualidad. O Bodas de Sangre y Yerma, igualmente inmortales por los signos universales ahí reunidos.

Claro que no podría faltar en el juicio histórico La Casa de Bernarda Alba. El amor y la muerte, el prejuicio y la lucha, son trabajados por Federico García Lorca con hondo calado, tal vez nunca antes conocido. Biógrafos suyos sostienen que se trata de una tía del granadino, quien la habría injustamente retratado en la obra. Hasta se afirma que La Casa de Bernarda Alba le granjeó no pocas dificultades con gente cercana, que por venganza lo empujarían también a la muerte.

Las fuentes no coinciden sobre la fecha exacta de su muerte, aunque el consenso apunta que a las 4:45 de la madrugada del 18 de agosto de 1936, fue brutalmente balaceado junto a un olivo, a la vera del camino entre Víznar y Alfacar, en su querida Granada. Sus restos jamás han aparecido. Federico lo habría imaginado como un minuto sin olas, pero logró sin falta remontar océanos, montes, el paso constrictor de los años, para vivir valerosamente en el poema de Antonio Machado: “Se le vio, caminando entre fusiles/ por una calle larga,/ salió al campo frío,/aún con estrellas, de la madrugada”.

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