Contra el deseo del vicentismo más optimista, radicado esencialmente en la comarca natal del prócer, la polémica en torno al León de Santa Rita, jamás tendrá fin. La narrativa que propende vindicarlo no se ajustará nunca a la retórica de la historiografía tradicional, firme, inquebrantable, marca intocable en los programas docentes de la nación.
El Mayor General Vicente García González, falleció el 4 de marzo de 1886 en circunstancias jamás esclarecidas, presuntamente asesinado por un comerciante español, Ramón Dávila, tras concurrir a un almuerzo en su casa, en Río Chico, en el actual municipio de Páez, Estado de Miranda, Venezuela, donde se había establecido con su familia y varios de sus compañeros de armas.
En su artículo “Cuba es esta”, el Apóstol relata la adhesión al Partido Revolucionario Cubano de la legión del Padre de los Diez Años. Ese alto oficial del Ejército Libertador tuvo una participación protagónica en sucesos difíciles de la contienda grande, pero a la hora de los recuentos ya él no estaba. Culparlo de todas las desgracias en el campo insurrecto, de toda la debacle de febrero de 1878 que condujo al Pacto del Zanjón, no debe de haber sido una empresa complicada.
El hombre sigue siendo el patriarca de Las Tunas. Para algunos, la seducción de aquel líder natural permanece intacta por esa geografía. Creo que, a manera de feliz paradoja, el baldón que lo persigue lo levanta entre los lugareños del Balcón del Oriente. Amarlo con devoción indecible casi es un contenido de identidad en aquella parte del país.
Hasta parece un rehén del más insólito maniqueísmo. En aquel segmento del este cubano, los ánimos suelen exaltarse cuando despunta alguna crítica contra esa destacada personalidad del mambisado. Por supuesto que debe de haber cometido errores. Algunos de sus admiradores se resisten a admitirlo. Pero lo peor es que para el consenso restante fue el único que incurrió en faltas. La oveja negra: el único general malo de nuestras contiendas patrias.
Como para no levantar ronchas, al repasar la hora final de los Diez Años, se habla de indisciplinas, de sediciones, del caudillismo, del regionalismo, de ambiciones de mando, de la acción desmoralizante de ciertos jefes militares, pero no se menciona su nombre. Ni falta que hace. Vicentistas y detractores del General saben muy bien a quién se están refiriendo.
No está de más recalcar que lo fue todo en aquel esfuerzo revolucionario que estalló en octubre de 1868: el anfitrión de las reuniones definitivas, el primero en proponer una fecha para el alzamiento, el jefe de ejércitos en Oriente, en Camagüey, nombrado para el frente de Las Villas, Secretario de la Guerra, Presidente de la República de Cuba en Armas y General en Jefe en Baraguá.
Aún persiste el disgusto por la ausencia de su imagen en la galería de los presidentes cubanos en el Palacio de los Capitanes Generales del centro histórico de La Habana, donde no falta la iconografía de sátrapas brutales que ensangrentaron la nación. En el ensayo de tema histórico-social, se encuentran las compañeras de los héroes: Carmela, Cambula, Ana de Quesada, Amalia Simoni, Manana, María Cabrales, Carmen Zayas-Bazán, y hasta guiños para Carmen Miyares. Pero Brígida Zaldívar Cisneros, brutalmente castigada en su condición de madre por el régimen español, rara vez aparece mencionada en el templo del heroísmo de la mujer cubana.
Algo positivo deja esa costumbre de considerarlo el ángel exterminador de la historia de Cuba. No está encumbrado en el pedestal donde sí se halla el resto de los héroes. Eso permite una interacción intensamente humana con él, libre de tabúes y de formalismos, como aquel pasaje de la novela el quinto sol, del ya fallecido escritor cubano Guillermo Vidal Ortiz, donde se presenta a Vicente García González sentado en el parque principal de su pueblo, en animada charla con alguien, desbarrando sin piedad contra el Historiador de Las Tunas, el ya también desaparecido Víctor Marrero Zaldívar.
El Conde de Valmaseda lo describió como “el más osado y el mejor organizador de todos estos guerrilleros”. Por acá, un reconocido historiador lo definió como “La Tiñosa del ´68”. Por allá, una dama del propio oficio, no quiso quedarse detrás y lo calificó como “La Lechuza del ´68”. Al margen de interpretaciones distintas de un mismo hecho histórico, o de las naturales simpatías o faltas de afecto, valdría la pena coincidir con el Apóstol, para quien todos los que se batieron eran sagrados. Y el General muy bien que lo hizo. A pesar del sambenito distendido, no deja de ser el León.













