La electricidad estática es esa molestia cotidiana que subestimamos—el pequeño “calambrazo” al bajar del coche o al tocar el picaporte. Nos reímos, nos sobresaltamos y seguimos adelante. Pero detrás de esa experiencia aparentemente inocua se esconde una paradoja fascinante: lo que para nuestro cuerpo es generalmente inofensivo, en ciertos contextos puede transformarse en un desencadenante catastrófico.
Cada 9 de enero se celebra el Día Mundial de la Electricidad Estática, con la finalidad de dar a conocer a las personas acerca de este fenómeno de acumulación o exceso de cargas eléctricas que se genera en un material aislante en reposo.
El verdadero peligro no reside en la descarga en sí misma, nuestro umbral de sensibilidad es mucho más bajo que lo que podría lastimarnos físicamente, sino en su capacidad de actuar como detonante silencioso. En ambientes donde coexisten vapores inflamables, polvos combustibles o gases explosivos como gasolineras, industrias químicas o quirófanos con oxígeno concentrado, esa chispa minúscula, casi imperceptible para nuestra piel, puede liberar suficiente energía como para iniciar una reacción en cadena devastadora.
Es escalofriante pensar que un gesto tan trivial como sacudir una chaqueta de nailon en el lugar equivocado, o acariciar a una mascota con ropa sintética cerca de una fuga de gas, pueda tener consecuencias trágicas. La estática nos recuerda que la peligrosidad no siempre se correlaciona con la intensidad, sino con el contexto.
Más allá del riesgo de incendio, hay otra dimensión menos dramática; pero igualmente relevante: su impacto en la tecnología sensible. En la era de lo microelectrónico, una descarga que ni siquiera sentimos puede freír circuitos, borrar datos o acortar la vida útil de dispositivos.
Nos hemos vuelto, sin quererlo, caminantes cargados en un mundo de miniaturas electrónicas vulnerables. La ironía final, es que nuestro propio cuerpo: un conductor modesto pero efectivo; se convierte en el puente entre la carga acumulada y su punto de descarga.
Somos a la vez el almacén y el vector de este fenómeno. Considero entonces que la electricidad estática nos enseña humildad ante las fuerzas físicas. Nos demuestra que lo banal puede volverse crítico según el escenario, y que en un mundo interconectado y tecnificado, incluso nuestros actos más cotidianos requieren cierta conciencia del entorno. No es cuestión de vivir con miedo, sino con atención, especialmente en esos momentos en que el aire está seco, la ropa cruje, y sentimos ese cosquilleo en la piel que nos avisa: aquí hay energía esperando su oportunidad.












