Pocas veces las calles del mundo difuminaron un mensaje tan numeroso en la historia. El libro de récords Guinness apunta que, en el preludio de la primavera de 2003, unos 36 millones de manifestantes protestaron contra el inminente ataque a Iraq. El articulista del periódico New York Times, Patrick Tyler, escribió que “se había demostrado que existen dos superpotencias en el planeta: Estados Unidos y la opinión pública mundial”.
Los campeones de la democracia no renuncian al derecho del veto que ejercen en el Consejo de Seguridad de la ONU. Pero esa vez, el imperio no logró ni siquiera la mayoría mínima entre los cinco vencedores de la Segunda Guerra Mundial. La Francia aliada en la OTAN se negó a participar en la aventura, en tanto que Rusia y China apostaban por la negociación.
Algunos comparaban al entonces presidente George W. Bush con Adolf Hitler. Estaba claro que el gobierno norteamericano imponía la ley de la selva, y actuaba fuera de toda regla de convivencia mundial, sin respeto alguno al derecho internacional. Pero gravitaban diferencias con el Führer, enemigo confeso de la democracia, que había llegado al poder con evidente mayoría, autor de un bodrio ideológico, Mein Kampf (Mi Lucha). El Señor W alcanzó la Presidencia de su país en unas elecciones fraudulentas en 2000. Y hasta donde se sabe, jamás se había leído libro alguno.
En el discurso en su Berghof de Obersalzberg con los mandos de la Wehrmacht como auditorio, Hitler no solo aludió la ya próxima invasión contra Polonia que, como todo el mundo intuía, obligaría a Gran Bretaña y a Francia a intervenir, aunque él estaba convencido de su inacción, sino que también aclaró que él mismo daría el pretexto propagandístico para el comienzo de las operaciones militares. Para desatar la invasión en marzo de 2003, Estados Unidos recurrió al mismo método.
La Administración Bush repartió a los cuatro vientos dos mentiras capitales: que Iraq tenía armas de destrucción masiva y vínculos con el terrorismo mundial, el presunto culpable del horrible crimen del 11 de septiembre de 2001 en Washington y en Nueva York.
¿Qué otros detalles han trascendido de la alocución del Führer a sus altos jefes militares el 22 de agosto de 1939? Pues que no era importante si ese pretexto era creíble o no, porque luego al vencedor no se le pregunta si decía la verdad. El arsenal químico y biológico de Saddam Hussein, centro de la algazara del Señor W, jamás apareció. Y hasta la Comisión Nacional sobre Ataques Terroristas en los Estados Unidos no solo negó nexos del Iraq con Al-Qaeda, sino que probó ineficiencias y fallas de la CIA y del FBI.
Existen páginas de aquel cruento capítulo en Iraq, escritas con la tinta sangre de la herencia nazi. En el aludido discurso del máximo jerarca del III Reich, al defender la idea de exterminar a pueblos enteros en una macabra conflagración, aparece la pregunta terrible: “¿Quién, después de todo, habla hoy de la aniquilación de los armenios?” Se refería al asesinato de entre millón y medio y dos millones de pobladores de esa etnia, a manos del Imperio Otomano entre 1915 y 1923, temeroso de que fueran un apoyo de la enemiga Rusia.
Nadie ha podido dar aún la cifra exacta de bajas civiles en Iraq. WikiLeaks echó luz sobre torturas y más de 66 mil inocentes fallecidos bajo la metralla invasora, pero otros se aventuran a calcular los muertos en más de un millón. En el lenguaje eufemístico del Pentágono se trata de “daños colaterales”.
El aliado estratégico de Estados Unidos en el Medio Oriente, Israel, es el autor de un escandaloso catauro genocida en Gaza. Las barras y las estrellas, en conjura criminal con la estrella de David, abrieron otro frente de aniquilación colectiva en Irán, donde, a la usanza fascista, se bombardea el primer día a una escuela de niñas, sin previo aviso ni declaración de guerra.
Los trumpistas de butacón del exilio cubano, reclaman la misma fórmula pérfida contra el enclave insumiso del Caribe. Pero nadie debiera desentenderse del triste cuadro de la histórica Mesopotamia de muros heridos por las bombas, ni de los muertos que el poder hegemónico pretende ocultar con la penumbra del olvido.













