Nació Patria en una era de fundación. Cobraba vida la promesa de unos meses antes del pino nuevo, de obrar sin descanso para el bien de todos juntos. Desde el alba de su existencia, a manera de premonición de un oficio como destino, ya había desgranado las tareas de la prensa: proposición, estudio, examen y consejo.
El 14 de marzo de 1892 se inscribe en el calendario perpetuo de la epopeya de la nación. En el evangelio de aquel creador aparece, como la escala indispensable de un templo, que la libertad debiera tener su arquitectura. Y también el exclusivo camino para conquistarla: “Ser culto es el único modo de ser libre”. No se apaga su reclamo: “El periodista ha de saber, desde la nube hasta el microbio”.
Tampoco envejece ni pierde validez ninguna de sus propuestas, que misteriosamente discurren junto a presagios de su propia muerte. En días en que escribió sobre el deseo de pegarse “allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”, dejó la encomienda de belleza para el periódico, la de concebir la pieza de hondo calado con amenidad revolucionaria.
Como escrito para este minuto, vibra aquel registro en la carta a sus discípulos: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”. Patria nos regresa una y otra vez al Día de la Prensa Cubana, en un capítulo del tiempo, sacro y grande, que el Apóstol nos consagró en el umbral de la primavera: milagro de la semilla, fragua de lluvia, taller del Sol.













