La humanización de José Julián Martí Pérez

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Hablar de José Julián Martí Pérez desde la humanización es rescatar al hombre detrás del bronce, al ser sensible que dudó, se apasionó y sufrió, sin restarle grandeza a su obra.

Martí no fue solo el Apóstol solemne de frases perfectas y retratos inmóviles; fue un hijo profundamente unido a su madre, un padre que añoró a su hijo desde la distancia, un amigo leal y un hombre marcado por la enfermedad, el exilio y la urgencia del tiempo.

Sus cartas revelan a un Martí tierno y vulnerable, capaz de conmoverse ante una flor, de angustiarse por la pobreza, de emocionarse con la infancia y de indignarse frente a la injusticia cotidiana.

Tenía sentido del humor, ironía fina y una sensibilidad casi dolorosa ante el sufrimiento ajeno. Le gustaba observar, escuchar, aprender del otro; por eso su pensamiento no nace de la torre de marfil, sino de la calle, del aula, del presidio y del destierro.

Entre las curiosidades que lo acercan está su obsesión por el orden y la pulcritud, su caligrafía cuidadosa, su afán por escribir aún enfermo o agotado, y su capacidad para enamorarse con intensidad, aunque supiera que muchas veces el amor sería imposible. Martí fue, ante todo, un ser humano que eligió la ética como modo de vida y que convirtió sus fragilidades en fuerza moral.

Humanizar a Martí no es disminuirlo; es comprender que su grandeza proviene justamente de haber sido profundamente humano. Al reconocerlo así, deja de ser un ícono distante y se convierte en un compañero de pensamiento, un hombre cercano que aún dialoga con nuestro presente.

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