Héroes del silencio en la canción

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Las grandes batallas de Cuba tienen un sitio en el mester. Ahí se encuentran sin falta las del silencio. El quehacer artístico inscribe en su magnífico entramado aquel principio de Mariátegui, seguramente infinito, sobre la creación heroica. El Apóstol de Cuba organizó la Guerra Necesaria, con un lugar para los Escudos Invisibles.

Desde el alba de nuestra epopeya hubo siempre un tiempo para el confidente mambí y para el soldado valeroso de la pelea callada, en ese ejercicio difícil de la sangre fría, del cálculo y de la soledad. El calendario fija sin embargo la fecha del 26 de marzo de 1959, que pertenece al segmento de primavera en el justo umbral de una década en la cual lo más límpido, inmenso y soñador del mundo, pretendió cambiarlo al amparo de la Revolución de este enclave del Caribe.

En la impotencia del imperio y sus alabarderos para enfrentar a los órganos de la Seguridad del Estado de la obra social y humana de Fidel, se les endilga a sus hombres y mujeres los peores y más indecentes epítetos. El mejor talento de la nación, el de la fibra más sensible, no deja de vindicarlos.

Nadie podría recordar una sola canción por la CIA de los Estados Unidos, ni por el MI-5 británico, ni por el Mossad israelí. En el caso de Cuba, el juicio literario y la percepción musicológica, subrayan la utilidad y el portento de las jerarquías artísticas de propuestas que siembran al héroe del lance secreto.

El filme El Hombre de Maisinicú, del siempre presente director Manuel Pérez Paredes, se inscribe en el canon cinematográfico del mundo. La canción homónima de Silvio Rodríguez, se corresponde necesariamente con esa grandeza. Es otro claro ejemplo de que la pieza de gran empaque puede estar en la calidad de las emociones de una trova dispuesta a luchar y a morir. Deslumbra ese taller de unas cuerdas que jamás claudican ni se rinden.

Existen, por supuesto, numerosas escalas en ese camino, pero En silencio ha tenido que ser (la famosa frase del Testamento Político de José Martí), resulta una distancia indispensable en cualquier recuento. Pocas veces la transposición consiguió un milagro semejante de teatralidad de la discreción y de curaduría para un discurso oculto.

La guitarra de Sergio y el piano de José María, remedan certezas, angustias, palabras, colores, gestos, latidos, la escenografía, el set de cine, en fin, la vida y hasta claves inescrutables de la misma muerte. Pulsa la información aleatoria que enaltece páginas que remontan la Torre de Babel, para ser ofrenda en el mundo entero.

Y fue necesario regresar a su Patria al David vencedor de gigantes, al pequeño que no quiso, como decían algunos, contemplar únicamente la contienda, sino que estaba decidido a entrar en el ruedo pasara lo que pasara, como apunta la Sagrada Escritura. Y devino otro parto de música, con el código cultural de los caminos de Nuestra América.

Como un reclamo intertextual, homenaje a la mujer cubana, heroína consabida, apareció aquella canción que se anunciaba Para empezar a vivir. Y también ese principio que se canta desde los confines de la tierra y de la piel: La frontera del deber. Habría que detenerse en la pieza Desde la aldea, con células rítmicas del panorama ternario, que inmediatamente sería el tema exacto del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

No solamente han sido Escudos Invisibles. Los órganos de la Seguridad del Estado han sido ojos y oídos de esta aventura revolucionaria que una y otra vez le han detenido los pies al Gigante del Norte. Ni falta que hace extenderles adjetivos duros a los artesanos del odio. En el canto del compromiso, a pesar de los pesares, radica el más hermoso catálogo como respuesta.

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