Vino al mundo Elena Burke bajo el signo de un número usualmente calificado como fascinante: el 28 de febrero de 1928. Para muchos que buscan señas para la interpretación holística del universo, se trata del objeto matemático perfecto: el 28 es igual a la suma de todos sus divisores.
A la hora de desentrañar misterios o curiosidades en la existencia de ese canto indispensable de la nación, se subraya la consabida coincidencia con el código matemático del Evangelio de Cuba: José Martí nació el día 28, en el amanecer de 1853. Y exactamente 28 días después, habría fallecido Félix Varela. Otra vez el rosicler se derrama en la aurora y en la despedida del Sol.
El talento de Elena pasó la famosa prueba de la Corte Suprema del Arte, donde se escalaba en un ejercicio de oposición. Para el consenso de la historiografía radiofónica, era el concurso más famoso y exigente en la radio de habla hispana de la época.
No podía ser de otro modo. La cantante se atemperaba necesariamente al carácter de su tierra, el enclave antillano, célebre desde el ensayo del dominicano Juan Bosch por guardar las fronteras imperiales del planeta. Su relatoría interpretativa reúne ese linaje del antemural del Caribe, de la más grande e intensa gama de géneros y de intergéneros que se conozca.
No pocos conocieron la angustia de aquel timbre que horadaba esperanzas, que hasta coartaba destinos. Allí fue la joven de la tanta emoción a medir las armónicas de su espíritu. “A mí no me tocan campana”, devino frase repartida en el tiempo, como sello de fortuna en confrontación con la suerte.
Transcurría eso que muchos denominan “la trova media”, entre el taller de los fundadores y la nueva canción de nuestros días. Y se apostilló la palabra inglesa feeling para remarcarla. Elena se la sembró con una marca en la bendita lengua española, pero que se radica cubanísima, justa, buena. Para todo el transcurrir de los años, conquistó la condición de Señora Sentimiento.
Es una cualidad que no comparece en las partituras. Tal vez se inscribe en la conocida información aleatoria descrita por la Musicología, y que ocupa tanto al estudio morfológico. En su caso, concurría una emisión técnica natural, una afinación modelo, y un color ejemplar para entender los vericuetos de la sinestesia.
Y siguió probándose a sí misma en tríos, en cuartetos, en la compañía de agrupaciones musicales de mayor empaque. Cada emoción requiere un sitio, como igualmente el latido precisa de un corazón como hogar. Y se hizo indispensable para la docencia: tema para la cátedra, y audición analítica para quien quiera a su cuenta y riesgo ajustar su propio canto.
En el cine muchos creen ver el collage de todas las artes. Elena compareció en ese entramado que ocupa el mágico número siete. El filme Una novia para David, del director Orlando Rojas, constituye un momento en que el talento y la amistad celebran el faje de un concubinato. Ahí aparece ella, defendiendo a su modo siempre grande, la canción Ámame como soy, de Pablo Milanés, en otra vibración sin edad para el amor.
Piezas inolvidables aún permanecen a su amparo. Y coloreó el abrazo de tantos amigos. Giraldo Piloto, Alberto Vera, César Portillo de la Luz, Juan Formell, Rafael Lay Apezteguía, suelen ser nombres repetidos en su trayectoria, pero en realidad el catauro se me ocurre infinito.
En poco tiempo llegará el 2028. Será su centenario. El archipiélago de sus querencias debiera celebrar la condición fascinante de una de las mejores voces de su historia, y que la Numerología insiste en conferirle perfección en cuantos de cariño y de gratitud.













