Es una sensación extraña escribir desde la consternación. Para un periódico, precisamente de Venezuela, escribió el Apóstol de Cuba: “El dolor es pudoroso, llora en la noche, y vierte flores sobre las tumbas en la mañana solitaria”. Coinciden en el alba la voluntad de luchar, el perfil de la esperanza y la decisión de seguir a pesar de los pesares. Pero en la bruma que le antecede, parece habitarnos un canon de angustias, de lágrimas y de una impotencia terrible.
Duele la sangre de los 32 compatriotas, sembrada para siempre en el mismo lugar donde El Libertador reniega de su descanso, porque “tiene que hacer en América todavía”, como dijo el propio José Martí. Pero, sobre todo, indigna la ofensa a los caídos y el clamoroso aplauso que la cobardía y el rapto miserable le dispensan al emperador todopoderoso.
En una hora de crisis humanística, de grietas y naufragios, batir palmas de alegría por un acto lesivo contra la soberanía de un país y de la propia vida de su gente, ratifica una dramática quiebra del patriotismo y de la sensibilidad, valores que hasta ahora han sido orgullo y contenido proteico de la condición humana.
Suele afirmarse que el modelo de actancias cambió, que ya no importa el ser, sino el tener. Otros decidieron poner mar y tierra de por medio ante el panorama precario y de estrechez material del archipiélago antillano, agravado por el cerco del vecino del norte. Me resulta una decisión legítima y respetable. Pero merece honor y gloria quien concurre conscientemente y sin temor alguno a la trinchera de mayor peligro, sin pedir nada a cambio.
La anfictionía de El Libertador suscitó desde el principio la ojeriza de la Roma Americana. Fue él quien adelantó la denuncia, hoy realidad palpable, de que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”. La llegada de Hugo Chávez supuso preocupación, tormento y odio en Washington.
Las primeras medidas de los golpistas en abril de 2002, fueron retirar del Palacio de Miraflores el retrato del prócer de la Campaña Admirable y la condición de Bolivariana de la República de Venezuela. Tras el deceso del Comandante Supremo, la obsesión se enfocó contra Nicolás Maduro Moros, nombrado heredero de la dirección del proceso emancipador, casi como una última voluntad del líder amado. El enemigo lo satanizó; lo encerró en un anillo de calumnia y de muerte. Y el sucesor fue leal continuador en los afectos del mejor amigo de los cubanos.
Allí, en la cercanía del Presidente Constitucional, en la mira perenne del colimador imperial, cubanos y venezolanos concibieron una legión fraternal que remonta el hecho físico de la muerte, y que debiera perdurar hasta el final de los tiempos, aunque la Revolución Bolivariana no sobreviva a este golpe, y a pesar de la difamación, del linchamiento mediático y del vil egoísmo que a veces parece ganarle la partida a la luz, una advertencia que palpita en el himno del bravo pueblo sudamericano.
Otra narrativa emerge en las redes digitales: la caída de 32 combatientes cubanos, vendría a descubrir ante los ojos del mundo una realidad oculta. Sin embargo, jamás la Revolución Cubana rehuyó sus compromisos con el movimiento revolucionario mundial, como tampoco negó que lo apoyara con todos los medios a su alcance. Está en el justo centro de la epopeya de la nación. Constituye un principio en el pensamiento y en la acción de los constructores de la Patria.
No había, ni hay divisiones de tropas regulares de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) destacadas en la República Bolivariana de Venezuela. De existir semejante despliegue, y sin ofender, ni menospreciar, ni acusar a nadie, el desenlace de la madrugada del 3 de enero pasado en Caracas habría sido otro. Y tal vez no estaríamos viviendo la amargura de un atropello impune. Y es posible que no se hubiera arraigado la creencia de un nuevo mundo sin reglas y sin un sitio seguro para el derecho internacional.
El sátrapa de la tanta sed planetaria extiende ya amenazas por todas partes. Anexionistas, mercenarios y renegados entonan un ditirambo al Calígula de turno en la Casa Blanca, para que repita en La Habana la exitosa operación de los rambos de Delta Force.
Supongo que haya tomado nota del arrojo de 32 hombres que no se rindieron y que pelearon hasta la muerte. No deja de ser un ejemplo restaurador para sus hermanos. En caso de ataque, el patriotismo y la sensibilidad remontarían las nubes. Y ese heroísmo se multiplicaría por millones.












