Jorge Ánckermann Rafart no llegó a cumplir los 64 años de edad. Es decir, no cerró el famoso ciclo de la ancianidad proclamado por el cartaginés Aníbal Barca antes de cargar contra sí mismo, ni tampoco completó el casillero existencial de Bobby Fischer, para algunos una autoinducción. Pero, eso sí, dejó un catálogo de madurez ejemplar, que parece tocado por una juvenilia que no se agotó jamás.
Nació en un hogar esencialmente musical. Su padre, Carlos, no solamente resultó el primer maestro. El viejo mallorquín supo, quiso y pudo aplatanarse a esta tierra del encanto y de la magia en el Caribe. Y sembrarles el milagro a la raíz de la familia que fundó en esta parte del mundo. Y lo hizo con el instrumental de la más bella forma de lo bello, como el Apóstol de Cuba definió a la música.
Los hermanos de Jorge (Guillermo y Fernando) vivieron también el amasiato con el intenso, hermoso y fantástico mundo del pentagrama, pero fue él precisamente el más grande, el de la obra del mayor portento, el autor más fecundo. Asombra su capacidad de aquilatar las células rítmicas de Cuba, de lograr piezas inconmensurables en el enorme espectro genérico e intergenérico de la nación.
A cada rato comentó sobre la necesidad de que un día la Música se inscriba en los programas docentes del país, propiamente como una asignatura, y no solo como un pasaje de apreciación. El catauro de Jorge Ánckermann Rafart sería magisterio encendido, bibliografía, gama indispensable para la audición analítica, tema-problema para la Musicología, pauta para cualquier estudio morfológico.
Gabriel García Márquez vivió convencido del profuso sortilegio del Caribe. Eso explicaría la larguísima lista de géneros musicales que los hijos de Cuba recrean a partir del mensaje plural de sus parajes, y que parecen nacer, originarse en lo más hondo de la tierra. Ánckermann los trabajó uno a uno, como un orfebre de la divina sinestesia.
Habría también que ponderarle el don de la transposición artística, o la intervinculación de las artes, como prefería decir el profesor José Orlando Suárez Tajonera. Igualmente fue Ánckermann hombre del teatro, como si la palabra inflamada y paridora del drama tejiera ostinatos, diálogos fuertes que se repiten entre el violín y el piano, y que el contrabajo en su clave de Fa solía resolver sin angustia ni aspavientos.
No fue tampoco indiferente a las controversias políticas de su tiempo. Jorge Mañach subrayaría luego la naturaleza del choteo. Los liberales del General José Miguel Gómez (El Tiburón), articularon el famoso himno de La Chambelona. Ánckermann, con el tono invariable de la broma, desde la sabrosa jodedera cubana, estructuró la respuesta conservadora de la gente del General Mario García-Menocal: Tumba la caña, anda ligero, mira que ahí viene El Mayoral sonando el cuero.
Como un médium infinito para la docencia, la academia no lo olvida. Está en las antologías musicales y del teatro, en libros y en enciclopedias, en la historia de las compañías que alguna vez fueron embajadoras de la cultura cubana por el planeta, y que el tiempo constrictor las hizo languidecer hasta morir.
La crisis humanística y la recolonización cultural intentan borrarlo. Las generaciones emergentes no solo no saben de su obra, sino que hasta desconocen su nombre. Dolorosamente resulta un perfecto desconocido entre los jóvenes. Jorge Ánckermann Rafart sufre el peligro de la otra muerte, el olvido, a 85 años de su deceso; pero prefiero pensar en la validez de aquella idea de un viejo poeta de mi pueblo: hay obras que se pueden cantar, como si estuviera ausente, el oído de la voz.















