El Sexto Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC) planteó que la planificación tiene que darle entrada al mercado, pero no a la economía de mercado. En este contexto, es bueno estudiar la experiencia vietnamita y china: lo positivo que les ha aportado el mercado, y lo negativo también, para no repetir sus errores.
Vamos pasando de un modelo centralizado a uno descentralizado. Hay toda una acumulación cultural, en que el mercado era un demonio. De pronto entras en ese mercado, pero no tienes basamento jurídico, económico y financiero. Ni tampoco psicológico, porque es fundamental librar las mentes. Más de dos generaciones en Cuba se han educado fuera del mercado.
En tal sentido, la necesidad del período de tránsito. El paso de un modo de producción a otro supone siempre una transición, pero a diferencia de las anteriores, en las que se pasaba espontáneamente de una forma de explotación a otra, se trata aquí de un período especial de transición, que tiene como meta la abolición de la explotación. Por tanto, es preciso comenzar por tomar el poder político para instaurar, de manera consciente, las nuevas relaciones de producción socialistas. Concepto clave. Consciente.
Por otra parte, la esencia del período de tránsito se puede definir de varias maneras. Yo diría que es la transformación revolucionaria de todas las esferas de la vida social, proceso que se caracteriza por la coexistencia y la lucha entre lo nuevo y lo viejo, generando múltiples contradicciones. La fundamental es la contradicción (según Lenin) “entre el capitalismo que ha sido derrotado, pero no definitivamente vencido y el socialismo que ha nacido, pero es débil aún”. La cuestión de quién vencerá a quién.
Está también un factor importante: cierto rompimiento de una sociedad que se desarrolló cerrada en términos de mercado y de pronto se abre, y en la que hay una parte importante de esa población que ve venirse al suelo sus valores y se sienten desorientados.
Hablamos mucho en Cuba de eliminar el secretismo, hay que reconocer que el modelo por el que hemos transitado más de 65 años tiene una forma de unificar el pensamiento económico, político y social de la sociedad. Tenemos que reconocer que la sociedad se ha hecho algo más compleja, con nuevas contradicciones, pero que no tienen que ser antagónicas.
El marcado no es capitalista ni socialista. Marx no planteó que había que destruir al capitalismo, al contrario, partir del capitalismo, superarlo. Y esa superación en mi criterio tiene que tener dos condiciones.
Primera, ser más eficiente. Esto plantea el desarrollo de la productividad del trabajo, como planteó Lenin. Lo decisivo para que una forma de sociedad se imponga es que desarrolle una productividad del trabajo mayor. Y el capitalismo desarrolló una productividad mayor que el feudalismo.
Segundo, lo otro que tiene que aportar esa sociedad que supere al capitalismo es más democracia, ser un modelo más democrático. Nosotros estamos en el debate de cómo una sociedad más tolerante. Como decía Engels, en esa sociedad se deben intercambiar muchos criterios, muchos intereses, para al final prevalecer algo nuevo que tendrá de todos y no será de ninguno.
Cuba era un país agrario, pero no un país campesino: ahí está la diferencia
con China. La sociedad cubana, en 1959, no tenía núcleos humanos al
margen de la relación monetaria mercantil. No es el caso de China y
Vietnam, ese es otro factor a subrayar. Aunque, insisto, en Cuba hay que
dar el salto en la agricultura.
Esto debe hacerse sin olvidar a quienes tenemos enfrente. Porque, evidentemente, Estados Unidos, en su política con respecto a Cuba y América Latina tiene una constante: no puede existir un proyecto de desarrollo social que no sea santificado por ellos.
El socialismo en el siglo VEINTIUNO del que tanto se ha hablado resulta todavía un tanto vago y difuso. Debe ser un socialismo acorde con la realidad actual; no debe repetir los errores del socialismo del siglo VEINTE; pero hay que lograr una mayor precisión en cuanto a su especificidad y, sobre todo, en cuanto a cómo llegar a él.
El surgimiento de gobiernos progresistas y antimperialistas en América Latina es esperanzador, pero el camino al socialismo desde la institucionalidad burguesa es complejo y difícil. Tras una década de prosperidad, los efectos de la crisis se desplazan a América Latina y los gobiernos progresistas están afrontando serias dificultades.






