Cultivando amor y sensibilidad desde las tablas

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El teatro para niños radica desde su propio nombre una polémica aún sin un juicio definitivo. ¿Es una categoría aparte de las artes escénicas, conceptualmente hablando, o es el mismo teatro que se dirige a un público específico? Cada percepción tiene ideas de sustento, válidas, que hasta hoy aparecen en el ensayo numeroso.

Los teóricos remarcan sus condiciones esenciales: una buena parte de las obras aparecen escritas por adultos, pero no dejan de ser significativas las propuestas pensadas, hasta escritas por los propios niños y adolescentes. En uno y en otro caso, el director siempre buscará la interacción con el público, la participación efectiva del espectador.

Pensar el teatro para niños es casi una obsesión para dramaturgos y para el regisseur de cualquier compañía. El problema de la edad jamás dejará de ser el más grande de los desafíos. En los órdenes de instrucción, de intereses, hasta de actitud ante lo cotidiano, hay diferencias dignas de un abismo entre un niño de cinco años y otro de 10. El texto, y la escenografía, las luces, la palabra viva, en fin, el espectáculo, deberán sortear ese inconveniente inevitable para lograr una propuesta equilibrada, asequible, que funcione para todos sin excepción.

Por ahí andaría el denominado teatro para niños por interiorización, es decir, la creación condicionada por la cultura infantil, dirigida conscientemente desde su factura a la niñez. Algunos investigadores hablan del teatro para niños por apropiación, o sea, la adaptación de obras clásicas, que nacieron para el público general, pero que logra una recepción casi de misterio entre los más pequeños. En ese caso está –coinciden muchos en esto—el Quijote, tal vez por su mundo de noble locura, en esa relación tan atractiva y curiosa con su escudero Sancho Panza.

Los estudiosos del tema aluden igualmente a Los Viajes de Gulliver, de Jonathan Swift. Alguien, por cierto, le escribió al autor que esa novela satírica se leía con el mismo entusiasmo desde el gabinete del poder hasta las guarderías. Desde su publicación en 1726 hasta ahora, la pieza narrativa no se cansa de discurrir hecha palabra encendida, paridora de acciones en las tablas para la edad de la esperanza del mundo.

En Cuba, la relatoría expone nombres de espléndida luz. El ya fallecido autor Freddy Artiles dejó un corpus portentoso en la creación dramática y en la escritura ensayística. Es una suerte tener a la mano un legado artístico que parte del estudio, del análisis de ese entramado provocador, inmenso, intenso, que es el teatro para niños.

El memorable Artiles, además, parecía encarar el trabajo en las dos perspectivas, en una plataforma grande de inequívoca libertad. Las criaturas de los hermanos Camejo, de Dora Alonso, en la travesura hermosa del hacer, andan de correrías en la investigación y en el drama a la vez, sin angustias, desinhibidos, cómplices.

El teatro para niños aparece en cualquier sitio: en una sala teatral, en una escuela, en la tradición circense, en el drama interior alma adentro del clown. La democratización de la cultura y de la enseñanza, le confirió la infinitud a partir del parteaguas revolucionario. La Colmenita es tal vez el suceso más reconocido, pero la tarea se encuentra en la agenda cultural de toda la geografía nacional.

Tiene, además, un papel importante que cumplir en tiempos de crisis humanística, cuando la banalidad pretende ejercer el liderazgo histórico de la intelectualidad, en una era difícil en que el poder hegemónico global prueba sus armas para la colonización cultural de los pueblos. Ese mensaje encantador por la nobleza, integra el mucho hacer en la salvaguardia de los valores universales de la humanidad.

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