Cajobabo: la dicha grande del Apóstol

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La Patria abrió los brazos a constructores del alma en Playita de Cajobabo la noche del 11 de abril de 1895. La dirección del movimiento insuflaría el ímpetu perdido. El enemigo, ya en máxima alerta, tomaría las previsiones para impedir su llegada. Una expedición de guerra no ha sido jamás empresa fácil. Tampoco la naturaleza estuvo de su lado.

Solamente dos días después del estallido, Martí le escribió una carta a Maceo. Era una encomienda difícil: lo instaba a ir a Cuba, subordinado a Flor Crombet, un hombre de menor jerarquía que la suya, con quien tenía pendiente un duelo a muerte. Allí le consignaba: “De aquí vamos como le decimos a Ud. que vaya”.

La primera persona del plural no radica una concordancia gratuita: van juntos el Delegado del Partido Revolucionario Cubano y el General en Jefe del Ejército Libertador. El Apóstol afirma que se puede ir en una uña. De diamantina conjunción de hecho y de palabra, sería incapaz de pedir un sacrificio que él mismo no pudiera asumir.

Sería una experiencia dura. Lo intuye cualquier latido sensible. Lo saben todos. Por algún rostro rueda una lágrima en la despedida. Parece parto de un nuevo estilo literario aquel Diario de Campaña donde oficia el misterio, otra factura: “Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos”. Discurre la tinta en descripción de luz, con un sitio justo para el testimonio, la narración, la poesía, el heroísmo.

A ratos, el Apóstol resulta lacónico. Consigna el paso de “la mano de valientes”, de la cual se excluye por esa modestia que lo regresa infinito, gigante. De Inagua solo apunta el amanecer y el izaje de las velas. Alguien se encargaría luego de recordar al patrón desleal de la goleta Brothers, Bastián. Nunca se supo qué pudo decirle Martí, pero trascendió el dato de que devolvió el dinero.

¿Qué pudo ocurrir en aquel intercambio, a todas luces, difícil? Seguramente, allí obró nuevamente la palabra seductora, aquel hablar bonito que jamás olvidaron los niños de la Sierra, testigos de su paso hacia su Pasión definitiva, quienes le dispensaron una casa a flor de labios.

A bordo del Nordstrand, el Capitán, habituado a lances de mar, probablemente los creyó rehenes sin remedio de la locura. Ni Alonso Quijano habría imaginado molinos en los intersticios de la ola irascible. Máximo Gómez confesará más tarde no saber el peligro para un bote por la arrancada de un vapor.

Fueron en realidad más de tres millas con la amenaza del naufragio a la distancia de un remo. Otra vez la realidad remontó con creces cualquier pasaje de leyenda. ¿Cómo lograron orientarse en la más completa oscuridad, sin rumbo, perdido el timón, frente a un temporal en aguas embravecidas?

En la saga del Apóstol de Cuba, se remeda el pasaje bíblico del Hijo del Hombre que camina sobre el agua, pero en las peores condiciones posibles. A lo mejor, otra prueba del destino. Ya casi al final de la ruta, regresa algo de calma para recalar junto a aquel acantilado, ese segmento de playa pedregosa donde tantos peregrinarán para descubrir su mejor latido, a reencontrarse con su recuerdo, a confirmar sus raíces. Para sentirse cubanos.

Playita de Cajobabo. De nuevo el verso octosilábico que no abandona a los pobres con quien él echó su suerte hasta el final de los tiempos. El sujeto lírico de la Patria, no dejará nunca de cantarles a todas las flores de abril, ese pedazo del tiempo en que el Apóstol vivió la dicha grande. Ya lo había suscrito antes: “Un grano de poesía sazona un siglo”. Y el reloj marcará tantas distancias, pero no se apaga ese poder que unge.

Antes de saltar a tierra aquella noche, se quedó de último en el bote para vaciarlo. De aquella mano del valor, el coronel dominicano Marcos del Rosario, hablaba del compañero ocupado de las provisiones postreras, cuyos ojos parecen beberse la penumbra, deslumbrado y atento frente a una traza de la Patria. No deja de pulsar la lira del corazón, soñando las novias que esperan, para desgranar sus versos al amparo de las palmas.

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