La Asamblea de Guáimaro inició sus sesiones el 10 de abril de 1869. Allí nació la República de Cuba. Los clubes de Cayo Hueso, de Tampa y de Nueva York, proclamaron el Partido Revolucionario Cubano (PRC) exactamente 23 años después. Una coincidencia en la que no pocos historiadores reparan, como un sino de la primavera.
El propio José Martí anotó en sus Notas sobre Centroamérica que “donde la naturaleza tiene flores, el cerebro las tiene también”. Ni el uno ni el otro acontecimiento sobrevinieron fácilmente. En ese propio texto, aparece un principio inmenso como el Apolo de Rodas: “El problema de la unión revive, por siempre la solución urgente y necesaria”.
La Escarapela testigo de las heridas de muerte en Dos Ríos, también lo había sido de las angustias del Hombre del Ingenio Demajagua. Para los días de la conocida reunión constituyente en aquel poblado principeño, había caído Bayamo. El iniciador de la gesta no solo concurrió en franca minoría, disminuido sin su bastión, sino que la delegación oriental que le acompañaba era demasiado opaca para encarar el debate que se avecinaba.
Poco o casi nada en torno a su forma de organizar y de hacer la guerra, quedó en la Carta Magna aprobada. Ni su bandera del 10 de octubre de 1868, consagrada al compás de La Bayamesa, de Perucho Figueredo, por un coro de miles jamás visto, pudo prevalecer como pabellón nacional. Quedó como tesoro de la República a manera de consuelo, como también le asignaron una Presidencia casi sin prerrogativa alguna.
El Pino Nuevo más alto registró esa manera de ceder en virtud de la unidad: “Sacrificaba su amor propio –lo que nadie sacrifica”. Algo parecido lo embargaba a él también a la hora de constituir oficialmente el PRC el 10 de abril de 1892: cargar el peso de las difamaciones de la Carta Roa-Collazo. Cultivaba la rosa blanca para desenredar discordias, olvidar ofensas, congregar corazones.
El Presidente electo en abril de 1869 en Guáimaro fue luego depuesto, despojado de escoltas, humillado, abandonado por sus compañeros de ruta en un cañón serrano, donde una columna enemiga le dio caza con sospechosa facilidad. Pero dejó un mensaje que conmueve: “A todos he recomendado la prudencia y que sigan sirviendo a Cuba, como yo lo haré mientras pueda”. No concibió grietas en la causa, a pesar de tantas decepciones. En el recuento sobre abril de 1892, el Apóstol de Cuba consigna un encargo que parece escrito para ahora: “¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes”.













