La muerte fue un tema esencial en la obra lorquiana. A Federico se le atribuye la frase: Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir”. A la manera de un sino de la cotidianidad trágica que le tocó conocer, no faltan el puñal, la navaja, un disparo, pero se ocupó de hallarle una antípoda a la muerte. Solo el amor podría vencerla, o al menos conceder un equilibrio, o una explicación, o la resignación tantas veces necesaria.
Bodas de Sangre, Yerma, y La Casa de Bernarda Alba, constituyen una trilogía reveladora de esa relación muerte-amor. Y regresan como un rapto otras palabras suyas: “La vida es la risa en medio de un rosario de la muerte”. El escritor y crítico cubano Virgilio López Lemus, lo considera un niño, enteramente noble, de broma con aliento infantil. Y precisamente por eso –dice—el crimen fue más alevoso y perverso.
Otros se han acercado a la página terrible de la madrugada del 18 de agosto de 1936 con una perspectiva de condena, pero menos complaciente hacia él. El director español Emilio Ruiz Barrachina, autor del documental Lorca. El mar deja de moverse, comentaba en su visita a La Habana hace unos años que el granadino era de una personalidad retorcida. Y para probarlo, aludió la Casa de Valderrubio, la de Francisca Alba y sus hijas, presuntamente familiares del poeta y dramaturgo. En su opinión, la obra la habría granjeado la tirria y el lógico disgusto de esa gente, porque concibió –sostuvo—un cuadro injusto de ese hogar, algo que se interpretó entonces como una provocación innecesaria.
Mucho se habla en torno a las constantes bromas de Federico en cuanto al carácter variopinto de su ideología y a los colores políticos de sus amigos. Sus asesinos lo acusaron de ser cercano al diplomático, jurista, el republicano Fernando de los Ríos Urruti, el autor de El sentido humanista del socialismo, a quien creo más próximo de los falansterios de Owen que de una barricada proletaria. Pero también tuvo una proximidad afectiva con los hermanos falangistas Rosales, en cuya casa buscó refugio cuando el fuego fascista crepitó definitivamente en Granada, independientemente del juicio homofóbico extremo de uno de ellos en aquel instante terrible.
La historia recoge la lista completa de quienes acompañaron a la Guardia Civil de Granada para prenderlo. Ahí estaba el señor Ramón Ruiz Alonso, ex diputado de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Ante la pregunta de uno de los hermanos Rosales, Miguel, del porqué del arresto, respondió que el poeta y dramaturgo granadino era un enlace republicano con Rusia, y que había hecho más daño con la pluma que otros con la pistola.
Un personaje tristemente célebre del fascismo español, Gonzalo Queipo del Llano, aparece como un decisor del trágico destino de Federico. Era el sujeto de las encendidas arengas radiofónicas desde Sevilla. Para él, los republicanos eran los mangantes del Mediterráneo, una partida de conejos que corrían asustados ante la metralla sublevada. Consultado por el gobernador civil de Granada, José Valdés Guzmán, sobre qué hacer con el prisionero, ordenó: “Dale café, mucho café”.
Estaba echada la suerte de uno de los más grandes e influyentes escritores hispanoamericanos de cualquier tiempo. Dicen que sus captores le hicieron un juicio. Debe de haber sido una cruel jugarreta. Volvió a sonar el nombre de Fernando de los Ríos Urruti, y la condición de ser agente soviético, aberrado y homosexual. El hispanista de origen irlandés, nacionalizado español, Ian Gibson, es el autor de la investigación más acabada en torno al hecho: La represión nacionalista de Granada y la muerte de Federico García Lorca.
Nadie podrá desentenderse de aquellos disparos que quebraron los albores de un día de verano entre Víznar y Alfacar. Como para no molestar a la ultraderecha, de moda otra vez en el mundo, hay quienes escriben sobre el fallecimiento de Lorca, para evitar la palabra crimen. Junto a él fueron asesinados dos banderilleros y un maestro, como ratificar que el tsunami de la reacción no reconoce límites en su carga de odio contra el mundo.
Los restos jamás han sido hallados, aunque más bien parece que no existe la voluntad de encontrarlos. Federico se reparte como un mensaje telúrico de la poesía. Y otra vez trasciende su palabra, como misteriosa premonición: “No soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja, sino un pulso herido que presiente el más allá”.















