Fidel, la Revolución y el sino de la Utopía

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No tiene límites ni fronteras el itinerario de la epopeya de Cuba. El calendario registra 67 años desde aquel enero inmenso de 1959. También insiste desde una cifra notable que ya transcurrió el primer cuarto de un siglo que, como todo el tiempo precedente, se le sabía de antemano pródigo en pruebas y batallas.

Fue particularmente grande la inspiración que marchó con entusiasmo hacia el 2000. Resulta famosa la frase del ya fallecido líder argelino Abdelazis Bouteflika: “Fidel viaja al futuro, regresa y lo explica”. Y en el día de la celebración grande del trabajo de aquel año, desgranó en el Concepto de Revolución, que habría que desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional.

El acoso imperial no sería el único peligro. Siempre gravitará la posibilidad de encarar riesgos, problemas, lunares, en el entramado interno de la narrativa revolucionaria. Y con igualdad y libertad plenas que, desde la percepción martiana del mundo, implica instrucción, sensibilidad: ser esencialmente cultos.

En la poesía habita el milagro del heroísmo que despierta cada cien años. El reloj de la historia ratifica el alba del centenario del Comandante invicto, que se transpone en trabajo, en gratitud, en creación heroica, como propone el ensayo de la emancipación humana por estas tierras de América.

En el reencuentro con la Universidad de su corazón el 17 de noviembre de 2005, a 60 años de su llegada al sitio amado donde se hizo revolucionario, dejó un mensaje conmovedor. O más bien una alerta: “Este país puede autodestruirse por sí mismo; esta Revolución puede destruirse…” En un justo tributo a su memoria, recordar su natalicio, hacer el recuento por la edad de su legado, apunta a revertir la desidia que nos secuestra los días y salvar las conquistas de la obra límpida de Fidel.

La economía sigue siendo la asignatura pendiente, como alguna vez sostuvo Raúl. Tampoco será tarea fácil resolver distorsiones, encarar el creciente envejecimiento poblacional, la baja natalidad y el problema migratorio. El país no puede desentenderse tampoco de la grave crisis humanística que desangra al mundo, ni de la guerra simbólica que impone el poder hegemónico del planeta, en su proyecto pseudocultural de colonización global.

El escenario internacional se torna cada vez más complejo y peligroso. La impunidad del agresor, el irrespeto al derecho y a la soberanía, se inscriben en la agenda de todos los días. Varios hechos confirman la gravedad de este minuto que transcurre y muere: el genocidio sionista en Gaza, el bombardeo israelí contra reactores nucleares y el asesinato de científicos y jefes militares en Irán, el ataque norteamericano contra el propio país persa, y el bloqueo brutal contra la República Bolivariana de Venezuela y los actos de piratería de la armada yanqui.

Los desafíos en este 2026 son ciertamente colosales. El recuerdo del fundador de la Revolución Cubana, sin embargo, levanta el ánimo, repara la voluntad, cultiva la fe. Ninguna celada enemiga logró jamás el macabro propósito de asesinarlo. Tampoco la despiadada campaña difamatoria logrará apagarle su luz. La Utopía no es lo irrealizable. Es el lugar que no existe. El sino de la Revolución es construirlo. No se extingue el reclamo de “emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos”.

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