Lenin en la hora de trasformar el mundo

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Poca repercusión tendrá el sesquicentenario de Vladimir Ilich Uliánov, en un mundo donde prácticamente hay una sola noticia. Pero es que, incluso, la mayor devastación humana por lo general siempre entre los más desposeídosde la actual amenaza, se explica a partir de leyes y categorías expresadas por aquel hombre que escogió para sí el nombre de un río como pseudónimo de lucha. Y así, Lenin aparece tal vez sin registro explícito en la empresa de tantos que pretenden conquistar cuantos de justicia para los preteridos del mundo.

Y no es por gusto que la poderosísima industria del entretenimiento hegemónico global, le dispense la condición de dictador a Lenin como un lugar común. Y en documentales sobre la caída de estatuas de Saddam Hussein en Bagdad, y de imágenes de Gaddafi en Trípoli, se ajustan paralelismos con el derribo de monumentos de Lenin cuando naufragó el denominado socialismo real en el este europeo.

Nadie habla ya del terror blanco contra la Rusia soviética, ni de las denominadas sopas comunistas donde en grandes cazuelas fueron quemados vivos militantes de las aldeas en la estepa, para que los lugareños se los comieran.

Ahora se sacan de contexto presuntas órdenes de Lenin para contrarrestar semejante barbarie, como si el terror rojo fuera algo así como una reacción irracional, suscitada por desarreglos psicológicos de un individuo afectado por la ejecución de su hermano a manos de los zaristas, y que por lo visto hizo y deshizo a su antojo únicamente por sed de venganza.

Aquel experimento de socialismo, como dijo Roberto Fernández Retamar, se diluyó como sal en el agua en manos de los herederos de Lenin, pero el consenso del pensamiento revolucionario significa el fracaso del capitalismo. Desmontarlo constituye la gran utopía de quien imagina la emancipación.

Y fue precisamente él quien teorizó por primera vez sobre el Estado nuevo. Dio el primer paso para construirlo, y en medio de la más feroz hostilidad, consiguió una propuesta, perfectible y con lunares, pero atemperada a las condiciones de un país históricamente atrasado, herido durante cuatro largos años de guerra mundial, acosado por tropas extranjeras y de la reacción.

Y el enemigo le dispensó literalmente balas envenenadas, como las que le disparó la eserista Fanni Kaplán. Y así y todo, tuvo tiempo para cultivar la teoría revolucionaria en lo filosófico, en lo económico, en lo social. Aún se discute si ciertamente el destino de la revolución mundial pasaba entonces por Alemania.

Tal vez tengamos mucho por saber en la famosa polémica del líder soviético con Rosa Luxemburgo, aquella mujer con mirada de águila a la que él tanto admiró. El propio Ernesto Che Guevara escribió sobre la culpa de Lenin en la concepción de la Nueva Política Económica (la NEP), aunque pedía mucho respeto para ese culpable.

Vivimos la cifra notable del sesquicentenario del líder de los bolcheviques, pero la obra parece ciertamente infinita, no suficientemente conocida. Hay un Lenin quizá inexplorado, que como Cristo, anduvo acompañado de mujeres y que tanta influencia recibió de ellas. Bien que nos falta su palabra, porque todavía resulta imprescindible transformar al mundo.

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