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foto tomada por: Maricel González Suárez

“La oratoria es el don del clima en América (…) La tribuna necesita el torrente; toda la luz del fuego sacro y; todas las potencias de la Revolución”.

                                                                            José Martí

 

Se inscriben estos días en la memoria de la humanidad. Adiós obligado a un hombre que es ya un ícono en la historia, deja a las actuales y futuras generaciones un mensaje tan claro como el agua, tan veloz como la luz y con la intensidad del Sol para iluminar  y orientar el camino.

Mucho puede decirse de Chávez, como siempre le nombramos; él irrumpió en nuestras vidas, en este tiempo, en este siglo con un nuevo tipo de liderazgo.

Su discurso, deja en nosotros esa manera diáfana de decir, la convocatoria limpia, con la mirada y pensamientos puestos en el corazón de todos.

 

Más de una vez me sorprendió su risa a carcajadas en medio de un discurso, y es que su naturaleza lo descubrió siempre como un hombre especial, capaz de tomar unos versos en medio de su oratoria, o de cantar a capela, sin la menos pizca de pena.

 

A Chávez lo vi conversar desde el discurso mismo, encontré en sus palabras argumentos, razones para no detenerse ante los sueños y los retos, supe más cercano a Bolívar y a los próceres de la independencia; su discurso ardiente, apasionado llevaba al unísono una mezcla de patriotismo y amor.

 

Es difícil ligarlo a la muerte, cuando su decir está ahí, y en cada palabra late el llamado a despertar este siglo, a no confundir el camino; su legado está en la indignación que hizo visible por la opresión al ser humano, en su fe cristiana, en la generosidad multiplicada con todos, pero especialmente con los más humildes, en todo ello estriba la razón de su inmortalidad.

 

De Chávez mucho puede decirse, estos y todos los días que están por llegar y es que hay algo más que distingue su legado, una fuerza que habitó sobremanera su existencia: el amor, el amor que siempre tuvo para compartir con los demás, esa fuerza universal que arropó cada discurso, y que quedará para siempre como una imperiosa necesidad; no se puede cultivar el odio cuando hay tanto espacio para hacer el bien y para sembrar amor.

 

Me sorprende hablar en pasado, no se puede, creo que me prohíbo el pretérito, no tiene hospedaje en el pasado quien defendió con vehemencia el presente y avizoró con entrañas de humanidad el futuro

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