No todos los días se cierra el ciclo de una cifra notable, matemáticamente hablando. Los 53 años de una organización, al menos, dicen mucho de un hecho apto para la vida, preparado para sus contingencias, dispuesto a ser porvenir.

Es cierto que la permanencia de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) se corresponde con la obra social y humana que defienden.  Existen también razones que pasan por el mismo centro de lo cubano, para que la organización pueda trascender. En los comités está la buena costumbre de vivir unidos, de extender la naturaleza de un hogar más allá de los límites de una casa.  Es posible sedimentar familia donde lo formal solo designa un vecindario.

 En la idiosincrasia de un pueblo, tienen los CDR una buena raíz. Al fin y al cabo, luchar, cristalizar sueños, compartir lo que se tiene, constituye ese patrimonio otro, el de las emociones, el del espíritu de millones de hermanos.

 Saber ciertamente el alma de la patria comienza en la cotidianidad del barrio. En él somos iniciados en la más justa percepción antropológica. En sus límites aprendemos y aprehendemos la mejor y mayor parte de los contenidos de la cubanidad.

 Crecieron los Comités de Defensa de la Revolución desde esa dinámica, para que la obra sea la más colectiva de las pertenencias. Estos 53 años infieren liturgia, verso, canción, la fiesta innombrable del poeta que transita por la savia de Cuba.

 

 

 

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